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CRUZADA EUCARÍSTICA MARIANA DELSAGRADO CORAZÓN DE JESÚS 2009
ORACIONES PARA CADA DÍA ANTES DE HACER LA MEDITACIÓN ESPÍRITU SANTO, FUENTE DE TODO CONSUELO, AMABLE HUESPED DEL ALMA, PAZ EN LAS HORAS DE DUELO, PAUSA EN EL TRABAJO, DADOR
DE TODOS LOS DONES; SIN TI NADA PODEMOS Y EL PECADO NOS DOMINA, LAVA NUESTRAS MISERIAS, FECUNDA NUESTRO CORAZÓN, CURA NUESTRAS HERIDAS, DOBLEGA NUESTRA SOBERBIA, CALIENTA
NUESTRA FRIALDAD, ENDEREZA NUESTRAS VIDAS. CONCÉDENOS TUS SIETE SAGRADOS DONES Y ENCIENDE EN NUESTROS CORAZONES LA LLAMA ARDIENTE DE TU DIVINO AMOR.
OH MARÍA SANTÍSIMA, TRONO DE LA ETERNA SABIDURÍA, ILUMINA NUESTRO ENTENDIMIENTO PARA QUE NUESTRAS ALMAS SE SALVEN.
POR CRISTO, CON ÉL Y EN ÉL, A TI DIOS PADRE OMNIPOTENTE, TODO HONOR Y TODA GLOIRA POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS. AMÉN.
AVISOS
MISA DE CLAUSURA: VIERNES 19 DE JUNIO DEL 2009, A LAS 7:00 PM EN LA PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA MERCED.
INTENCIONES
5 DE JUNIO: EN HONOR DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.
MEDITACIÓN: “CASADOS EN EL SEÑOR”.
INTENCIÓN: DIOS Y SEÑOR NUESTRO, QUE POR EL MISTERIO DE PENTECOSTÉS SANTIFICAS A TU IGLESIA EXTENDIDA POR TODAS LAS NACIONES, CONCEDE A LOS MATRIMONIOS LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO Y CONTINÚA REALIZANDO EN ELLOS LA UNIDAD Y EL AMOR DE LA PRIMITIVA IGLESIA. TE PEDIMOS EN UNA FORMA MUY ESPECIAL POR LOS MATRIMONIOS MÁS NECESITADOS DE TI.
6 DE JUNIO: EN HONOR A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.
MEDITACIÓN: MARÍA Y EL ESPÍRITU SANTO.
INTENCIÓN: OH MARÍA, MADRE NUESTRA, MODELO DE VIRTUDES, QUE SIEMPRE DEJASTE AL GOBIERNO DE TU CORAZÓN, DE TU ALMA Y DE TODAS TUS ACCIONES, TE PEDIMOS HUMILDEMENTE POR EL BIEN DE TODOS LOS NIÑOS, CUÍDALOS DE TODO MAL.
7 DE JUNIO: EN HONOR A LA SANTÍSIMA TRINIDAD.
MEDITACIÓN: DIOS TRINO Y UNO.
INTENCIÓN: SANTÍSIMA TRINIDAD, QUE PARA GLORIA TUYA Y SALVACIÓN DE TODOS LOS HOMBRES CONSTITUISTE SUMO Y ETERNO SACERDOTE A LA SEGUNDA PERSONA, JESUCRISTO. CONCEDE A QUIENES ÉL HA ELEGIDO COMO MINISTROS SUYOS Y ADMINISTRADORES DE SUS SACRAMENTOS Y DE SU EVANGELIO, LA GRACIA DE PERMANECER FIELES EN EL CUMPLIMIENTO DE SU MINISTERIO. EN ESPECIAL POR S.S. BENEDICTO XVI. NUESTRO OBISPO JOSÉ GUADALUPE MARTÍN RÁBAGO Y POR LOS SACERDOTES QUE TRABAJAN EN LA DIÓCESIS.
8 DE JUNIO: EN HONOR A DIOS PADRE.
MEDITACIÓN: EL HOMBRE ¿QUÉ ES?
INTENCIÓN: OH JESÚS, REDENTOR MÍO, QUE YO ESTÉ DISPUESTO A TODO LO QUE TU AMISTAD EXIJA DE MÍ, QUIERO SACRIFICAR TODO POR MI AMISTAD CONTIGO. DAME UN CORAZÓN NUEVO, UN CORAZÓN FIEL Y HUMILDE COMO EL DE MARÍA SANTÍSIMA, Y UN CORAZÓN ARDIENTE E INDOMABLE COMO EL DE SAN PABLO, DALES A LOS JÓVENES LA GRACIA QUE TANTO HACE FALTA EN EL MUNDO: LA PUREZA DE CORAZÓN.
9 DE JUNIO: EN HONOR A NTRO. SEÑOR JESUCRISTO.
MEDITACIÓN: EL CAMINO DEL AMOR.
INTENCIÓN: SEÑOR DIOS NUESTRO, QUE HAS QUERIDO QUE EL HOMBRE COLABORE CON SU TRABAJO AL PERFECCIONAMIENTO DE TU OBRA Y AL BIEN DE SUS HERMANOS, CONCÉDENOS COMPRENDER Y REALIZAR LA MISIÓN QUE NOS HAS ENCOMENDADO A CADA UNO, TE PEDIMOS EN ESPECIAL POR LOS LAICOS COMPROMETIDOS, LOS CONSAGRADOS Y RELIGIOSOS(AS) QUE YA HAN ESCUCHADO TU LLAMADO, PARA QUE PERSEVEREN EN SU VOCACIÓN CRISTIANA.
10 DE JUNIO: EN HONOR AL ESPÍRITU SANTO.
MEDITACIÓN: DAME TU CONFIANZA.
INTENCIÓN: SEÑOR, TÚ QUE HAS QUERIDO QUE LA FUERZA DEL EVANGELIO TRANSFORME AL MUNDO, CONCEDE A TODOS LOS QUE TRABAJAN EN EL GOBIERNO DE NUESTRO PAÍS, CONTRIBUIR AL REINADO
DE LA VERDAD. TE LO PEDIMOS POR LOS MÉRITOS DE LA LLAGA DEL COSTADO DE JESUCRISTO NUESTRO SEÑOR. AMÉN.
11 DE JUNIO: EN HONOR AL SANTÍSIMO SACRAMENTO.
MEDITACIÓN: SU DIVINIDAD.
INTENCIÓN: OH JESÚS, TODO AMABLE Y TODO DESEABLE!, ENCIENDE EN MI ALMA UNA SED ARDIENTE Y UN HAMBRE TAN VIVA DE TU SANTO AMOR, QUE SEA PARA MÍ UNA NECESIDAD EL RECIBIRTE. PERDONA LAS OFENSAS QUE RECIBES EN LAS COMUNIONES SACRÍLEGAS Y EN LAS PROFANACIONES A TU SANTÍSIMO SACRAMENTO.
12 DE JUNIO: EN HONOR AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.
MEDITACIÓN: EL CORAZÓN DE CRISTO Y EL CORAZÓN DE LA PATRIA.
INTENCIÓN: CORAZÓN SACRATÍSIMO DE JESÚS, TE PEDIMOS POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO, DALES SEÑOR A SUS ALMAS LA PAZ Y EL GOZO ETERNO, DALES SEÑOR REFUGIO EN TU CORAZÓN. TAMBIÉN SEÑOR TE PEDIMOS POR LAS ALMAS DEL PURGATORIO QUE ESTÁN MÁS NECESITADASDE TU DIVINA MISERICORDIA Y POR TODAS AQUELLAS PERSONAS QUE HAYAMOS OLVIDADO PEDIRTE POR ELLAS.
13 DE JUNIO: EN HONOR A LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA.
MEDITACIÓN: DE LA CARIDAD DE MARÍA.
INTENCIÓN: DIOS NUESTRO, QUE FORMASTE EN EL CORAZÓN PURÍSIMO E INMACULADO DE MARÍA UNA DIGNA MORADA AL ESPÍRITU SANTO, AYUDA POR SU MATERNAL INTERCESIÓN A LOS ADOLESCENTES PARA QUE VIVAN LOS VALORES RELIGIOSOS Y MORALES, EN SUS PROPIAS VIDAS, Y SUSCITA EN ELLOS VOCACIONES SACERDOTALES Y RELIGIOSAS.
14 DE JUNIO: EN HONOR A LA SANTÍSIMA TRINIDAD.
MEDITACIÓN: LA ACCIÓN DE GRACIAS.
INTENCIÓN: SANTÍSIMA TRINIDAD, CON TODA HUMILDAD TE PIDO POR LA CONVERSIÓN DE LOS PECADORES, POR TODOS AQUELLOS QUE SON INDIFERENTES A TI Y POR TODOS LOS ALEJADOS DE LA IGLESIA Y DE LOS SACRAMENTOS.
15 DE JUNIO: EN HONOR A DIOS PADRE.
MEDITACIÓN: EL DIOS ESCONDIDO.
INTENCIÓN: PADRE DE BONDAD, YO NO SOY LUZ PARA MÍ, ALZO A TI MI VOZ, TÚ ERES LA LUZ QUE ILUMINA EL MUNDO, TÚ PUEDES ESCLARECER LAS TINIEBLAS, TE PIDO POR LOS DELINCUENTES, POR LOS PRESOS, POR LOS QUE SE DEDICAN A HACER EL MAL, POR LOS QUE HAN ASESINADO O MANDADO ASESINAR. TE PIDO TENGAS PIEDAD Y MISERICORDIA DE TODA LA HUMANIDAD.
16 DE JUNIO: EN HONOR A NTRO. SEÑOR JESUCRISTO.
MEDITACIÓN: CÓMO SE CONSUELA A JESÚS (1ª. Parte)
INTENCIÓN: SEÑOR JESÚS, TE PIDO HUMILDEMENTE POR TODOS AQUELLOS QUE ESTÁN ENFERMOS DEL CUERPO O DEL ALMA. TENEMOSPLENA CONFIANZA DE QUE POR TUS LLAGAS HEMOS SIDO SANADOS.
17 DE JUNIO: EN HONOR AL ESPÍRITU SANTO.
MEDITACIÓN: CÓMO SE CONSUELA A JESÚS (2ª. Parte)
INTENCIÓN: ESPÍRITU SANTO ILUMINA A TODAS LAS FAMILIAS PARA QUE PUEDAN CUMPLIR SU VOCACIÓN, VIVIR EN UNIDAD Y ARMONÍA BAJO TU AMPARO CONSOLADOR.
18 DE JUNIO: EN HONOR AL SANTÍSIMO SACRAMENTO.
MEDITACIÓN: LA VISITA AL SANTÍSIMO.
INTENCIÓN: OH PADRE SANTO, QUE EN LA EUCARISTÍA NOS DAS EL DON TAN GRANDE DE RECIBIR TU CUERPO, SANGRE, ALMA Y DIVINIDAD DE NTRO. SEÑOR JESUCRISTO, TE PEDIMOS HUMILDEMENTE QUE SE PONGA FIN A LA MUCHEDUMBRE DE PECADOS Y DE IRREVERENCIAS QUE SE COMETEN DONDE MORA ESTE SANTÍSIMO SACRAMENTO.
19 DE JUNIO: EN HONOR AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.
MEDITACIÓN: CONSAGRACIÓN AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS.
INTENCIÓN: CORAZÓN SACRATÍSIMO DE JESÚS, QUE EN ESTA CRUZADA NOS HAS ABIERTO LOS OJOS DEL CORAZÓN PARA CONOCERTE Y CORRESPONDERTE EN TU LLAMADO DE AMOR, TE PEDIMOS EN ESTE
ÚLTIMO DÍA DE CRUZADA POR LOS PARTICIPANTES EN ESTA CRUZADA EUCARÍSTICA MARIANA.
CASADOS EN EL SEÑOR
Nos proponemos:
- comprender y aceptar que el amor entre varón y mujer cristianos es expresión de la vocación a formar una alianza de amor entre personas, participación viva del amor que Dios nos tiene reflexionar en que la vivencia del sacramento matrimonial consiste en amarse y construirse diariamente a imagen de Dios, y que entre más amor y unión exista entre los esposos más se perfecciona su sacramento comprender y aceptar que la espuesta a Dios en la persona del cónyuge y de los hijos es el camino de santificación de los esposos cristianos.
- reflexionar en el sentido cristiano de fidelidad e infidelidad Ahora reflexionemos en el sacramento. Hemos dicho que para dos cristianos que se casan, su amor siempre es sacramento. Para aclarar bien esta idea, es necesario preguntarnos primero qué es un cristiano y qué es un sacramento.
No hablamos aquí de un “bautizado”, sino de un cristiano, porque unapersona puede recibir en la infancia el bautismo y sin embargo no confirmarlo libre y concientemente en su edad adulta, ni interesarse en ser discípulo de Cristo.
Esta persona es bautizada, pero no quiere ser cristiana. Por eso nos referimos a quienes viven su fe bautismal. Sólo para ellos tienen sentido los sacramentos, no sólo el del matrimonio.
Y ¿qué es un sacramento? La palabra nos habla de algo sagrado, algo de Dios y por tanto misterioso, que solo podemos comprender en la fe porque va más allá de lo que nuestra razón humana puede captar.
Por tratarse de un misterio hay peligro de pensar, con un sentido mágico, que se trata de un rito que se celebra en el templo cuando el sacerdote pronuncia una palabras que producen efectos sobrenaturales en nosotros. Esto es algo vago y parcial. El sacramento es un misterio, pero no es magia. El rito sacramental
se celebra en el templo, pero se vive en el hogar, en el trabajo, en la calle, todos los días de la vida. En el caso del matrimonio, el sacerdote no es el ministro: Son ambos esposos quienes son, uno para el otro, ministros de su sacramento; esto es, ellos son quienes se dan la gracia de Cristo, al darse su consentimiento
amoroso. El sacerdote es testigo de este compromiso y en nombre de Dios bendice esta unión.
Sacramento es algo que no sólo nos habla de Dios sino también nos pone en contacto directo y personal con El. Es un lugar de encuentro de Dios con nosotros. El Papa Paulo VI lo definía de esta manera: Sacramento es una realidad humana profundamente penetrada de Dios.
Por los sacramentos Dios nos hace presente su amor y con él llena nuestras vidas. El matrimonio es uno de los lugares privilegiados del amor; por eso, es un signo escogido por Dios para revelarnos su amor.
Nosotros no podemos ver a Dios; por eso El se nos hace presente en cosas concretas que rodean nuestra vida, y que para nosotros significan mucho. El agua, el pan, el amor, vistos con una mirada de fe, son la misericordia de Dios, que lava nuestros pecados, nos alimenta y santifica nuestra vida diaria. Dios está en
aquello que podemos ver, tocar, comer y sentir. Así, el mundo de las cosas materiales nos transparente a Dios y nos lleva a la esfera de la realidad divina.
Hay en la vida humana ciertas acciones que son verdaderos sacramentos. Vienen rodeadas de ritos que subrayan su importancia dentro de nuestra existencia. Nacer, casarse, perdonar, comer y beber, estar enfermo y morir, etc.
En estas situaciones del hombre encontramos el misterio de la vida. Sentimos que no sólo nace un cuerpo, sino también un alma que vivirá más allá de la muerte física; percibimos que no sólo el cuerpo necesita alimento, sino también el espíritu; nos damos cuenta de que no sólo enferman nuestros miembros, sino que el alma se debilita y enferma por el pecado, y necesita una curación que no pueden ofrecerle los médicos. En estas circunstancias fundamentales de la vida sentimos nuestra unan con Dios. Por eso las tratamos con respeto y con sentido de lo sagrado: porque son los momentos en que encontramos a Dios y Él nos da su
gracia; esto es, porque son sacramentos.
El bautismo es el sacramento de la pertenencia a Cristo. Lo recibimos de pequeños, pero al llegar a la vida consciente lo confirmamos libremente, aceptando ser discípulos del Señor y vivir y predicar los valores Evangélicos. Esto no podríamos hacerlo por nuestras propias fuerzas; en el sacramento encontramos la fuerza misma de Cristo para vivir como El vivió y dar nuestra vida por lo mismo que El la entrego.
Cuando dos cristianos se enamoran y deciden unir sus vidas, suspiran por un amor profundo y terno. Ambos, no importa cuanto se amen y cuán generosos sean, seguramente fallaran muchas veces, a lo largo de su vida matrimonial, a las promesas que se han hecho el día de la boda. Pero su matrimonio es un sacramento, es una realidad humana profundamente penetrada por Dios. No cuentan sólo con sus pobres fuerzas humanad para vivir su compromiso, sino con la fuerza del amor todopoderoso, de Dios. Por eso pueden comprometerse a amarse para siempre, no importa lo que pase. Así ama Dios, y así podemos amar
nosotros cuando vivimos nuestro sacramento matrimonial.
Su vínculo de amor se convierte en imagen y símbolo de la Alianza que une a Dios con su pueblo. El mismo pecado que puede atentar contra el pacto conyugal se convierte en imagen de la infidelidad del pueblo a su Dios: la idolatría es prostitución, la infidelidad es adulterio, la desobediencia a la ley es abandono del amor esponsal del Señor. Pero la infidelidad de Israel no destruye la fidelidad eterna del Señor y por tanto el amor siempre fiel de Dios se pone como ejemplo de las relaciones de amor fiel que deben existir entre los esposos.
Los esposos cristianos saben que su amor es el mismo amor de Cristo, retoñando en sus corazones. Saben que al casarse no sólo se entregan al tú del cónyuge, sino también al Tú Divino; saben que están casados uno con otro y ambos con Dios. Esto es lo que significa “casarse con el Señor”. Cristo no es una tercera persona en su matrimonio; es la gracia de su matrimonio. Y ¿qué es la gracia? La gracia es el amor de Dios. Por tanto, Cristo es el amor con que se aman durante toda su vida. Es parte de ellos y ellos son parte de Cristo.
Podemos decir en forma tajante: Donde no hay amor no se vive el sacramento del matrimonio. Puede haber institución matrimonial en su sentido cultural, pero no hay presencia viva de Dios, porque, en palabras de San Juan, el amor viene de Dios y el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor.
En la reunión anterior vimos que en el matrimonio civil existe la posibilidad de divorciarse, de anular el compromiso aceptado el día de la boda. Quienes se casan en el Señor se comprometen a no echarse jamás atrás, a mantener ese sí hasta la muerte. Saben que para dar su respuesta se apoyarán en la roca firma
del amor de Dios.
¿Por qué decimos que el matrimonio de dos cristianos es indisoluble? No busquemos la respuesta en razones jurídicas sino en razones jurídicas, sino en razones de amor. Como cristianos, nos amamos con el mismo amor de Cristo. El se compromete con nosotros para siempre no se da nunca por vencido y nos perdona setenta veces siete. El sacramento es indisoluble no porque sea una trampa de la que no se puede salir, sino porque hace realidad en nuestra vida el amor inconmovible de Dios.
Pensemos cuántos motivos hemos dado a Dios para divorciarse de nosotros. Cuántas infidelidades, cuántas resoluciones que sólo se quedaron en buenos deseos, cuántas miserias y debilidades. Y Dios sigue allí, invitándonos y esperándonos siempre, sin retirar jamás su amor, empeñado en enseñarnos a amar. El salva nuestro amor, que acaba engrandecido por el perdón.
En casos extremos y dolorosos, cuando permanecer juntos amenaza valores básicos de la familia, la Iglesia aconseja la separación como un mal menor, para salvar esos valores que se destruirían con la convivencia. Pero esto no anula el vínculo. Ambos siguen siendo responsables uno de otro; de su felicidad, su desarrollo humano, su santificación. Para el cónyuge inocente este es un camino de sufrimiento, que recorre con Cristo, como El recorrió el camino del Calvario. Imitando la actitud del Señor, se esforzará porque el cónyuge infiel sepa que siempre encontrará en su hogar el perdón y las puertas abiertas, si se decide a cambiar de actitud, a convertirse al amor. Esta es la verdadera actitud cristiana en la adversidad. Tiene la fuerza irresistible de amor divino y es capaz finalmente, de convertir al más idólatra, al más egoísta. También a esto nos comprometemos al “casarnos en el Señor” tanto en la dicha como en la adversidad.
El sacramento del matrimonio no es sólo para los esposos y sus hijos.
Tiene un sentido social, eclesial, sumamente importante. La familia es pequeña Iglesia, donde Dios habita en la relación entrañable de esposos e hijos, y donde éstos tienen su primera experiencia de Dios. La Iglesia nunca se cierra en sí misma para disfrutar egoístamente sus tesoros. Es siempre misionera; siempre va
a los demás para llevar el mensaje salvador del Evangelio. El M.F.C. siempre ha pedido a sus miembros que sean familias abiertas, con sentido comunitario. La gracia del sacramento del matrimonio también nos ayuda a abrirnos a las distintas dimensiones de la comunidad humana y de la Iglesia, para ser ellas fermento de
vida cristiana y para ser nosotros mismos evangelizados por el testimonio cristiano de los demás.
La comunidad, que rodea a los esposos el día de la boda, no es solamente un testigo pasivo. Ella también se compromete en ese sí de amor. Se compromete a ayudar a esa nueva familia a vivir su fe y a cumplir su misión. Una pareja sin el auxilio de sus hermanos cristianos, difícilmente podría cumplir con éxito todo
Agulló que promete el día de su boda. La comunidad, reunida con ellos ante el altar, les dice un sí de amor. Se compromete a ayudarles a ser buenos esposos, buenos padres y buenos cristianos; a darles testimonio y apoyarlos en sus dificultades.
Así, en lugar de hablar de “casarnos por la Iglesia” debemos hablar de “casarnos con la Iglesia, para el servicio”.
El consentimiento del día de la boda acepta por adelantado loo que la vida nos traiga. Al decirnos sí uno al otro aceptamos no sólo la vida matrimonial, sino también la viudez como continuación de nuestra vocación conyugal. Aceptamos enfermedades y contratiempos, y aceptamos la muerte, igual que aceptamos la
salud y la felicidad. Le creemos al Señor, que siempre nos dará lo que más nos convenga.
Al reflexionar en este tema encontramos el verdadero sentido de la fidelidad matrimonial, que no es la prohibición de relacionarse con otra persona de diferente sexo, sino algo mucho más positivo: es haberse dado tan completamente uno al otro, que no queda nada para ofrecer a un tercero. Es pertenecerse para siempre, poniendo al servicio del cónyuge todo lo que uno es y tiene. Es estar tan comprometidos, tan ocupados construyéndonos mutuamente a imagen de Cristo, que no quedan talentos desocupados, fuerzas o deseos para buscar posibles satisfacciones con otra persona. Una relación así, cuando es verdaderamente
mutua, es tan satisfactoria y absorbente que convierte a la infidelidad, sea física o espiritual, en una pérdida de tiempo, en algo que pierde su principal atractivo porque la vida conyugal es fascinante. ¿Qué mejor garantía de fidelidad que saber que no podremos usar nuestra vida en algo mejor y más deseable que vivir esa aventura de amor conyugal, en la que el amor de Cristo es una realidad diariaque nos hace crecer hasta una estatura que nunca alcanzaríamos por nuestras propias fuerzas?
A medida que profundicemos en el significado y las consecuencias de nuestro sacramento matrimonial, sabremos vivirlo más conscientemente y seremos uno para el otro, y ambos para nuestros hijos, ministros que nos damos el amor de Cristo, envuelto en los signos humanos de nuestro cariño.
COMPROMISOS:
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MARIA Y EL ESPIRITU SANTO
“El Espíritu Santo descenderá sobre Ti”. (Lucas, I, 35)
El Padre amadísimo, a petición de Jesús, envió al Espíritu Santo a los Apóstoles. Y en el Cenáculo, nos dicen los Pastores de la Iglesia y los Doctores, la primera efusión de ese Divino Espíritu fue en la Santísima Virgen, y de Ella en los Apóstoles.
El Espíritu Santo es el lazo de amor entre el Padre y el Hijo; es el Amor sustancial del Padre y el Hijo.
¿Y María? En Ella y en Jesús pensaba sin duda el Espíritu Santo cuando inspiro estas palabras al Autor del Libro de los Proverbios. “Encuentro mis delicias en estar con los hijos de los hombres” (1), y sobre todo con Jesús y María, flores santísimas de la humanidad.
En esas dos almas, la de Jesús y la de María encontró el Espíritu Santo “sus delicias” porque encontró amor, pureza y sacrificio.
Aunque ese Espíritu creador debía ser enviado a los Apóstoles y a todos los hombres, puesto que Nuestro Señor lo había merecido y prometido, muchos Doctores aseguran que la Madre de Jesús apresuro con sus oraciones la venida del Espíritu Santo.
Esa doctrina no nos debe sorprender. ¿No fue acaso María la que en Nazaret apresuro por su incomparable humildad y pureza, la venida del verbo de Dios, prometido desde el principio del mundo? María recibió en el Cenáculo la plenitud del Espíritu Santo y del Corazón de esa Virgen Santísima se difundió en toda la Iglesia.
El Santo fundador de los seminarios, el V. Juan Olier, expone así esa doctrina:
Como los hijos de los reyes hacen regalos a sus súbditos cuando entran a sus reinos, Jesucristo, al subir a la diestra de su Divino Padre para tomar posesión de su reino, quiso enviar a sus Apóstoles su Espíritu y sus dones.
Con ese fin y por su orden, los discípulos se reunieron en Jerusalén con la Santísima Virgen y otras mujeres y discípulos.
Allí perseveraban todos en la oración, alabando a Dios y esperando la venida del Espíritu Santo.
María estaba en medio de ellos, presidiendo esa Asamblea, como investida, para establecer el Reino de Dios en el mundo, de una gracia superior a la de todos los Apóstoles.
Aunque Jesucristo no quiso que María estuviera presente a la Cena ni que ofreciera el Santo Sacrificio y fuera ordenada verdaderamente sacerdote según el orden de Melquisedec, quiso, sin embargo, que, destinada hacer la Madre de todos los hombres, estuviese el Cenáculo con los Apóstoles, para derramar en Ella la plenitud de su Espíritu, como sagrado deposito de la vida divina que debía ser distribuida por Ella a todos su hijos.
Por eso, llegado el día de Pentecostés, descendió del cielo el Espíritu Santo enforma de fuego, María lo recibió no con medida, como lo recibieron los Apóstoles y discípulos, sino con plenitud. Jesucristo le comunico así todas sus gracias, más que toda criatura, más que a toda la Iglesia.
El Apóstol San Pedro, que Jesucristo había establecido jefe de su Iglesia, aunque en el cenáculo recibió gran participación de la vida de su maestro, no recibió en esa visita divina sino lo necesario a su dignidad de Jefe. Todos los otros Apóstoles a quienes fueron dadas también las primicias del Espíritu de Jesucristo, no las recibieron sino según la medida en que quiso Jesús comunicárselas.
Pero no fue así como Jesús comunico su Espíritu a María. Viendo en Ella tanto amor, quiso que su Santo Espíritu, se le comunicará con plenitud.
Dios Padre comunico a su Hijo hecho hombre todo lo que tenía en Sí mismo y que era comunicable.
A su vez el Hijo dio a su divina Madre todas las gracias que podía recibir, haciéndola como el Sagrado Deposito de sus riquezas, para que fuesen distribuidas por Ella a toda la Iglesia.
Cuando el Espíritu Santo descendió sobre la Santísima Virgen en el día de Pentecostés fue por la tercera vez.
La primera efusión fue el día de su Concepción Inmaculada. En ese día el Espíritu Santo hizo de María la Obra maestra de la creación. Su alma fue santificada por una gracia insigne y especial que hizo de Ella la Hija del Divino Padre, su Predilecta, su “única” según la expresión del Cántico.
María vivió bajo la dirección de esa gracia desde su Inmaculada Concepción hasta Nazaret: gracia de soledad y de silencio, de oración y de contemplación; primeros rayos, primeros resplandores de la aurora divina sobre la Azucena de Israel, mientras crecía el “Jardín cerrado” del Esposo, en los claustros del Templo de Jerusalén.
Por segunda vez vino el Espíritu Santo sobre María el día de la Anunciación, en Nazaret. Entonces, llenándola de su virtud, el Espíritu Santo la elevo a la dignidad de Madre del Verbo encarnado. Concibió al Salvador, guardando integra su virginidad, por obra y gracia del Espíritu Santo. Esa gracia, al mismo tiempo que
hizo a María digna de ser la Madre de Jesús, le dio todas las virtudes y perfecciones necesarias para ejercer santamente sus deberes de Madre del Redentor.
Visitada por tercera vez en el Cenáculo, María recibe del Espíritu Santo la gracia de su maternidad espiritual; es decir, ese santo ardor de proselitismo apostólico al cual se entrego Jesús después de su Resurrección.
Desde que salió glorioso del sepulcro, Jesús se ocupo únicamente de fortalecer la fe de sus apóstoles, dándoles todos los sacramentos y las gracias necesarias a su vocación de fundadores y de padres de la Iglesia. Así en el Fuego Divino del Cenáculo, María recibe al Espíritu de Luz y de Fortaleza, al Espíritu de Sabiduría y
de consejo, al Espíritu de celo y de fecundidad Espiritual que la hace capaz de ser la Madre de la Iglesia y de dirigir a los fieles por los caminos de la perfección evangélica.
Cuántas almas privilegiadas escogieron a María por Directora, vivieron una vida de intimidad con Ella y recibieron por su medio, gracias muy especiales de oración, de unión y de santificación.
María recibe al Espíritu Santo en el Cenáculo públicamente porque ha llegado para Ella la hora de anunciar públicamente a Jesucristo.
Todos comprenden la misión de María y que será en el Cenáculo la Reina de los Apóstoles y la Madre de todos los discípulos de Jesús su Hijo Divino.
Consagrada por el Espíritu Santo, María acepta de la mano de Jesús la divina misión de velar sobra la Iglesia entera y sobre cada uno de sus miembros.
En adelante y durante toda su vida trabajara con Jesús en la Santificación de sus discípulos, de los hijos que Jesús le ha confiado.
Esa triple manifestación del Espíritu Santo en María nos hace comprender algo del método que emplea ese Divino Espíritu para santificar a nuestras almas.
El Espíritu Santo nos purifica, nos da las luces que necesitamos, calienta nuestros corazones y los llena de fortaleza.
Todo cristiano recibe del Espíritu Santo las gracias que necesita en su presente vocación.
El bautizado, el en el mismo Bautismo, recibe en una primer efusión del Espíritu Santo la gracia de la vida sobrenatural, que es otra vida agregada, por decirlo así, a la vida natural; esa vida es una luz que le hace ver las realidades del mundo invisible; Dios, sus Ángeles y sus santos, su alma, la Iglesia, el cielo, el infierno, el
purgatorio. El Espíritu Santo le da inspiraciones y deseos santos. Le ayuda a hacer actos de la doble caridad, le hace amar a Dios y a sus hermanos.
En la confirmación, el cristiano recibe una segunda efusión del Espíritu Santo:
Le da fortaleza para ser, si corresponde a la gracia, perfecto discípulo de Cristo.
En el Sacramento del Orden, el cristiano recibe la mayor efusión del Espíritu Santo: el diacono recibe gracia para hablar en la asamblea de los “santos”; el sacerdote para engendrar a Cristo, en el altar y en el alma de los fieles; el Obispo para gobernar a los fieles de su diócesis; el Papa, bajo la influencia muy especial
del Espíritu Santo, recibe luz y gracia para gobernar la Iglesia Universal.
Pero no está todo en recibir riqueza: es necesario hacer fructificar su tesoro.
¡Cuántos reciben al Espíritu Santo y cuán pocos son los que cultivan sus dones!
Aunque el Espíritu Santo sea omnipotente, cuando viene a nuestras almas se somete al orden y a las vicisitudes de la voluntad humana, la cual sigue siendo bastante libre y bastante débil, en el uso de esa misma libertad, para luchar contra el Espíritu Santo, expulsarlo del corazón por el pecado y sustraerse a su acción
divina; como también puede entregarse a El y hacer con su gracia las obras buenas que le abrirán las puerta del cielo.
La fidelidad con la cual obedecemos al Espíritu Santo influye con toda seguridad en la medida de su acción en nosotros, pues nuestra cooperación aumenta su eficacia.
No alcanzaremos nunca, sin duda, las cimas altísimas a las cuales se elevo María por la perfecta correspondencia de su voluntad a la acción del Espíritu Santo en Ella; pero si correspondemos a las gracias recibidas, cumpliremos en todo la voluntad de Dios sobre nuestras almas: nos haremos santos.
Como María, debemos repetir con frecuencia en su unión: “Hágase en mi según tupalabra”.
¡Señor, haz que yo sea fiel, como María, al Espíritu Santo! ¡Haz que corresponda plenamente, como María, a su divina acción en mi alma! .
¡ Oh, si comprendiéramos bien lo que es ser fieles, qué grandes progresos haríamos!
Si queremos consagrar nuestra vida al servicio de Dios, imitando a María nuestra Madre, vayamos a Ella como una fuente de agua viva... Amemos apasionadamente al Espíritu Santo que la lleno de sus dones en el Cenáculo, para ser de esta Virgen Santísima, como se ha dicho, “Deposito de la vida divina”; bebamos en ese manantial de luz y de fortaleza para ser capaces de guardar nuestro tesoro de gracias, gracias que recibimos todos de las manos y del Corazón de nuestra Madre.
No olvidemos, finalmente, que según las leyes ordinarias de la divina Providencia, no recibimos del Espíritu Santo, sino lo que podemos poner en obra ahora, y que, mientras no hallamos correspondido a la gracia presente, mientras no la hallamos practicado, no recibiremos gracias nuevas. Esto, tratándose de las
gracias más importantes.
Tal es ese “comercio misterioso” del cual se habla en la Liturgia, ese “talento” que nos fue confiado para que lo hiciéramos fructificar, si queremos merecer que se nos confíen riquezas mas preciosas.
Cuando María recibió en Nazaret al Espíritu Santo en la Encarnación, había ya cultivado con fidelidad sin igual la primera gracia recibida, la de su Inmaculada Concepción.
Cuando María fue llamada a ser en el Cenáculo Madre de la Iglesia, fue porque la gracia de la Encarnación había encontrado en Ella una correspondencia perfecta.
Así pasará con nosotros: a medida que seamos más fieles, recibiremos más gracias.
Si queremos, pues, recibir gracias nuevas, hagamos fructificar la que ya nos fueron dadas.
El Espíritu Santo será con nosotros más generoso, si nos ve más fieles en corresponder a sus divinos favores.
Utilicemos todos los tesoros de nuestra vocación, del estado actual en que Dios nos ha puesto y no perdamos nuestro tiempo en formar planes y deseos inútiles.
En los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación hemos recibido las gracias suficientes para sernos muy santos.
En lugar de pedir mas, seamos mas fieles y apliquémonos a utilizar las riquezas que poseemos (2).
Somos ricos con la riqueza misma de Dios y no podemos imaginar siquiera cuan grandes son los tesoros que Dios ha puesto entre nuestras manos para que los multipliquemos por medio de una perfecta correspondencia a la gracia.
¡Vayamos a María, nuestro modelo y nuestra Madre: Ella nos ayudará a hacernossantos, imitándola para mejor imitar a Jesús.
- 15 - Proverbios, VIII, 31 .- (2) Perdreau. Les dernieres années de la
Sainte Vierge.
COMPROMISOS:
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DIOS TRINO Y UNO
Punto I. – El Señor, nuestro Dios, es un solo Señor. (Deut., VI, 4.)
Dos cosas adoramos en el misterio de la Santísima Trinidad: la unidad de naturaleza y la trinidad de personas. Unidad de naturaleza, es decir, que no hay más que un solo Dios, con una sola esencia y divinidad, sin que sea posible haber muchos dioses. De suerte que no hay más que un Criador, un Señor, un primer principio y un último fin de todas las cosas. Y así tiene que ser.
Porque, primeramente, como Dios es un bien sumo e infinito, en quien están encerrados todos los bienes y perfecciones posibles, sin que le pueda faltar una, porque, si le faltara, sería imperfecto y andaría mendigándola de otro; nótese claramente que no es más que uno, porque, si hubiese otros dioses, faltarle la
bondad y perfección que tienen éstos y por lo cual se diferencia de ellos.
De aquí que El y solo El puede mandarnos que le amemos sobre todas las cosas con todo nuestro corazón, porque es sumo bien, todo bien y único bien digno de ser amado con sumo amor y con único amor, sin dividirle ni partir el corazón con otros amores que no sean en orden a su amor.
¿Qué mucho, oh Bien infinito, que te ame yo sobre todas las cosas, pues tu eres un Dios superior a todos? Y ¿qué mucho que te de yo mi amor todo, sumo y único, pues todo es poco en comparación del amor que me merece tu bondad toda, suma y única? Razón es que no ame cosa contra Ti, o que no sea ordenada
para Ti, pues no hay cosa que sea buena ni amable, si no es por la bondad que recibe de Ti.
Lo segundo, porque, como Dios es soberano y supremo Señor y gobernador de sus criaturas, a quien todas están sujetas y a cuya voluntad eficaz ninguno puede resistir, porque, si alguno pudiese resistirle, sería Dios miserable y no tendría contento ni paz en su gobierno, ni su reino podría ser durable; que no es más que
uno, porque, si fueran muchos dioses, tuvieran diferentes juicios y voluntades y poderes, y pudiera alguno querer algo contra el otro y hacerle guerra y contradicción. No fuera posible durar el mundo con la paz y concierto que tiene las criaturas.
No hay, pues, más que un solo Dios. A Él, y sólo a Él, como a único y supremo Señor mío, tengo de servir y obedecer, y a ningún otro, si no es por El y por estar en su lugar y quererlo El así.
Punto 2º - Trinidad de Personas.
Nuestro Dios y Señor, de tal manera es uno en esencia, que juntamente es trino en personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Cómo puede ser esto? No hay entendimiento humano ni angélico que lo pueda comprender. ¡Es un misterio! Pero, aunque no alcance el modo cómo es, puedo discurrir que Dios Nuestro Señor junta en sí mismo todo lo bueno y perfecto que vemos en las criaturas, sin lo malo e imperfecto que hay en ellas. Y así, tiene lo bueno de ser uno, sin lo malo que tiene ser solo, y tiene lo perfecto de ser de alguna manera muchos, sin lo imperfecto que tiene ser diversos. Es uno en la esencia y divinidad, uno en la bondad, sabiduría, omnipotencia y en todos los demás atributos. Y a esta causa, las tres divinas Personas, como son un Dios, tienen un mismo sentir y querer, un mismo poder y obrar, sin que haya entre ellas diferencia de pareceres, ni contrariedad de voluntades, ni encuentro en las obras, porque todas sienten lo
mismo y obran lo mismo fuera de sí, con suma paz y concordia.
Pero, juntamente, son tres Personas distintas, y no una sola, porque no careciese Dios de la perfección y gozo que trae consigo la comunicación y amistad perfecta entre iguales, y para la bondad, sabiduría y potencia de Dios cumpliesen su deseo de comunicarse infinitamente con modo infinito.
Y ¿cómo llena el Padre estos deseos? Comunicando su divina esencia y toda susabiduría y omnipotencia al Hijo; y el Padre y el Hijo comunican lo mismo al Espíritu Santo; y entre estos tres hay infinito amor y amistad perfectísima, como entre personas iguales y semejantes que llegan a ser una misma cosa, real y
verdaderamente, en la sustancia de su divino ser. Y en ésta comunicación y amistad hay infinito gozo y alegría, gozándose infinitamente cada persona del propio ser personal que tiene la otra.
Admira y venera con profundísima humildad tan soberano misterio. Gózate de la infinita amistad que resplandece dentro de la Beatísima Trinidad. Pídele que te una y haga una cosa por Dios por amor, teniendo un mismo sentir con el suyo en todas las cosas que ha revelado, y un mismo querer en todas las cosas que
ordene.
Punto 3º- Cómo pasa en Dios este misterio.
La primera persona, que es Padre, conociéndose y comprendiéndose así mismo y a su divina esencia con infinita mayor claridad que yo me veo a mí mismo en un espejo, forma dentro de sí por este conocimiento un concepto e imagen viva de sí mismo. Y este concepto es el Hijo. Éste es el que llama San Juan Verbo y palabra de Dios, la cual había dentro de sí, expresando en ella todo cuanto Dios sabe, y por esto se llama su sabiduría.
En produciendo el Padre al Hijo, necesariamente le ama y se complace con El con infinito amor y gozo, porque ve en El su misma bondad infinita; y el Hijo, de la misma manera ama al Padre, con infinito amor y gozo, por la infinita bondad que ve en El y recibe de El; y los dos juntos por este amor , producen un ímpetu o impulso de su divina voluntad, que llamamos Espíritu Santo, comunicándole su misma divinidad, y así es un Dios con ellos.
Y como todo esto está en Dios desde su eternidad, de ahí que todas tres Personas son eternas, sin que una sea primero que otra, y donde quiera que esté el Padre, están el Hijo y el Espíritu Santo; y todas tres son iguales, sin que sea mayor en dignidad que la otra; y todas tres tienen cumplida y entera bienaventuranza, con el conocimiento y amor de sí mismo y de su divinidad, sin tener necesidad de cosa alguna fuera de si mismos. Todas tres oyen nuestras oraciones, cumplen nuestros deseos y nos llenan de sus misericordias.
Lleno de asombro y admiración ante tales prodigios, alaba y bendice a cada una de las tres Divinas Personas, y pídeles que te llenen de su santa gracia, para servirlas y amarlas con todo tu corazón.
COMPROMISOS:
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EL HOMBRE ¿QUÉ ES?
Punto 1º - Hizo Dios al hombre del lodo de la tierra. (Gen., II, 7)
I.- ¡He aquí, oh hombre, el origen de tu cuerpo!... Con altísima sabiduría no quiso Dios crear de nada el cuerpo de Adán, sino hacerle de tierra, y del polvo de la tierra mezclado con agua, como el ollero hace el barro y de él forma los vasos.
¿Por qué lo hizo así? Para que el hombre se fundase bien en humildad, viendo su vil origen y la fragilidad de su naturaleza, y por consiguiente la mortalidad que de tal principio le viene.
Ahonda bien en esta verdad, y cuando el orgullo se revuelva altanero, reprímelo, diciendo: ¿De qué se enorgullece la tierra y ceniza? ¿De que presumes, oh soberbio y presuntuoso? ¿Por ventura de la tierra y polvo que lleva el viento?
Humíllate hasta la tierra, pues eres tierra.
Si se levantan en el corazón quejas contra los juicios de Dios porque no te da lo que deseas, reprímelas diciendo con el Apóstol: ¡Oh hombre! Tu quien eres para andar con quejas contra tu Dios? Por ventura puede decir el vaso de barro al ollero, ¿por qué me hiciste así? ¿No tiene el ollero potestad de hacer de un mismo barro un vaso de honra y otro de ignominia? ¡Ay del que contradice a su Hacedor, siendo vaso de tierra!
Otras veces para alentarme a confiar en Dios, que me hizo de barro, diré con el profeta Isaías: Tu eres nuestro Padre, y nosotros barro: Tú nuestro formador y nosotros obra de tus manos: no quiebres, Señor, el caso que hiciste, puje no lo hiciste para quebrarlo con rigor, sino para servirte de él con entereza.
Otras veces para resignarme con gozo en las manos de Dios y darle la gloria de todo lo bueno que hay en mi, me acordaré de lo que dijo Jeremías: Como el barro está en manos del ollero, así estáis vosotros en las mías.
2.- De aquí puedo subir a considerar la omnipotencia de Dios, en haber hecho de materia tan vil y grosera una cosa tan perfecta y delicada como el cuerpo del hombre, compuesto de tantos y tan diferentes miembros y tan sabiamente armonizados. A diferencia de los de más animales, todos los cuales andan con los
cuerpos inclinados a la tierra, el cuerpo del hombre se yergue derecho con noble y esbelta figura, como si quisiera Dios Nuestro Señor dar a entender a los hombres que, aunque fueron hechos de la tierra, su fin no es cosa de la tierra, sino del cielo, enderezando allá la vista y el corazón. ¡Oh alma mía, avergüénzate de andar inclinada con tus aficiones a la tierra, estando en cuerpo derecho y levantado al cielo...! Para Ti, Señor, nací y no se aquietará mi corazón hasta que descanse en Ti.
Punto 2º - El inspiró en su rostro un soplo de vida, y quedó el hombre con ánima viviente.
I.- Inerte y sin vida estaba el cuerpo de Adán, formando del lodo de tierra. Inspiró Dios en su rostro un espíritu o soplo de vida, e infundió en aquel cuerpo el alma criada de la nada.
¿Qué quiso significar con esto? Que alma y vida que le daba no procedía de la tierra de donde fue formado el cuerpo sino que le venía de fuerza por la omnipotencia del Criador. Porque así como el soplo procede del hombre, y es un aire que sale del interior por la boca; así también nuestra alma procede de Dios, y sale de El con grande amor, como quien la saca de sus entrañas, y sale por la boca, esto es, por su imperio, queriendo que sea, sin haber quién le resista. ¡Que bien se descubre en esto su nobleza y la semejanza que tiene con la divina sabiduría que, como ella misma dice, procedió de la boca del Altísimo! Reconoce, oh alma, tu excelso origen. Obra eres de solo Dios; espíritu y aliento de su boca. Alba y glorifica al que te dio al ser que tienes con tanto amor... De Dios saliste; procura volver a Dios y entrar dentro de su pecho, amando al que te amó,
con todo tu corazón.
Si el cuerpo fue hecho de barro, y el alma salió de Dios, trata el cuerpo comomerece y dale su lugar, de modo que no se anteponga ni iguale con el alma.
2.- Llama Dios al alma spiraculum vitae, -soplo de vida- , para significar que la vida del cuerpo consiste en que Dios críe y junte el alma con él, y en que siempre respire para conservarse; y por esto dice que el soplo dio en el rostro de Adán, porque allí están los principales sentidos de la vida: la vista, el oído, olfato y gusto;
y también los sentidos interiores, y algunos órganos de la respiración para conservar la vida.
Esto debe provocarme a que cada vez que respiro me acuerde del Criador que me dio el alma, y del soberano beneficio que me hizo en dármela; creyendo que como la vida del cuerpo está pendiente de la inspiración y virtud de Dios; porque si El no la conservara se volvería en nada. ¡Que hermoso sería y cuán agradable a Dios hacer algunas veces con cada respiración algún acto de amor o de alabanza y agradecimiento por este beneficio!...
3.- Penetrando más en el misterio de estas palabras puedo considerar que, así como el cuerpo sin el alma carece de vida natural, así el alma sin la gracia carece de vida espiritual. Y como soplando Dios en el cuerpo de Adán le difundió un alma con la que dio vida natural, así también soplando con el soplo de su divina y eficaz inspiración infunde en el alma un espíritu de gracia y caridad con que se da la vida sobrenatural. Ambas vidas infundió Dios Nuestro Señor juntamente al primer hombre en el instante mismo en el que lo crió; y quizás por esto dice la Escritura, en la lengua original, que inspiro en Adán soplo de vidas, porque no solamente le dio el alma excelentísima, de quien procede las vidas vegetativa, sensitiva e intelectiva, sino también le dio el Espíritu Santo, de quien proceden la gracia de la caridad.
Pide al Señor que vivifique tu alma con su divino soplo, visitándote a menudo con sus divinas inspiraciones para que sólo vivas la única verdadera vida: la vida de gracia.
COMPROMISOS:
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EL CAMINO DEL AMOR
En esta reunión nos proponemos:
- comprender y aceptar que la vocación es el llamado que Dios hace a cada persona, y al que debemos responder con nuestra propia vida.
- descubrir a qué nos llama Dios como personas, esposos, padres y miembros de la comunidad.
- encontrar caminos para responder más plenamente a nuestra vocación, y ayudar a nuestros hijos a hacerlo.
Nadie puede ser responsable de algo si no tiene facultad de aceptarlo libremente.
Ahora nos preguntaremos ¿de qué somos responsables ante Dios y nuestros hermanos? La respuesta es sencilla y también profunda: de vivir o rechazar el plan de amor que Dios tiene para cada uno de nosotros y para toda la humanidad.
Somos libres de aceptar o rehusar nuestra vocación.
Una persona no es madura cuando sabe qué quiere y como conseguirlo, sino cuando descubre lo valioso que hay en ella y como darlo libremente a los demás.
Responder a vocación que Dios da a cada uno es el camino para vivir la libertad de los hijos de Dios.
Y ¿en qué consiste nuestra vocación?
La palabra vocación con frecuencia se interpreta en forma incompleta o parcial.
Para algunas personas significa el llamado de Dios a ser sacerdote o religiosa.
Así, quien no desea entrar al seminario o al convento suele decir “Yo no tengo vocación.” Para otros, vocación significa gustar y tener disposición para determinado trabajo o profesión. Vocación de médico, de artista, de artesano, etc.
En realidad, vocación significa algo mucho más amplio e importante, que abarca toda nuestra vida.
Vocación es la inspiración con que Dios llama a cada persona a dedicar su vida al servicio de los demás, cumpliendo una misión dentro del plan divino. La vocación se manifiesta por la inclinación que la persona tiene a realizar esa misión, su capacidad física, mental y espiritual para ella, y su convicción interna de que al hacerlo responde a la invitación personal que Dios le hace.
Dentro del plan de Dios todos tenemos una misión que realizar en beneficio de nuestros hermanos, y al responder a este llamado nos santificamos.
¿Santificarnos? ¿No es la santidad algo a lo que sólo están llamados unos pocos seres excepcionales? Por supuesto que no. Todos los seres humanos tenemos en común nuestra vocación a la santidad; hemos sido invitados por Dios a parecernos a El a tal punto que, con la ayuda de su gracia, lleguemos a darle una respuesta perfecta. El Concilio Vaticano II lo expresa así:
Todos los fieles, de cualquier condición y estado, son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el mismo Padre.
Dios llama a todos sus hijos, pobres y ricos, ignorantes e instruidos, hombres y mujeres, solteros y padres de familia, a desarrollarse y avanzar en la santidad, “cada uno por su camino”. Este llamado es la vocación.
Cada persona tiene habilidades que realizar ciertas tareas, y generalmente le gusta hacer aquello que le sale bien. Esta es una manifestación de su vocación de trabajo. Mediante el cumplimiento de nuestra vocación de trabajo no sólo nos abrimos camino en la vida y tenemos casa, vestido y comida. Al realizarlo con
responsabilidad y espíritu de justicia servimos a nuestros hermanos y cumplimos nuestra parte en el plan de Dios, ya sea que nos ocupemos del hogar o que trabajemos en el campo, la escuela, la fábrica, la tienda o la oficina.
Cuánto bien no se hace en la Iglesia por gentes cuyo nombre no se oye jamás: por el hombre de la calle –sea la que sea su clase social- , por la mujer de apariencia común, por el sencillo niño piadoso. Los hombres por quienes dijo Jesús las bienaventuranzas no salen en el periódico. La Iglesia es una Iglesia de pequeños
y de pobres y, por tanto, de santos. No por ser tan grande la cúpula de San Pedro en Roma llamamos a la Iglesia católica Iglesia de Jesucristo, sino porque debajo de ella han sido beatificados o canonizadas tantas gentes humildes.
Ellas representan a otros infinitos anónimos.
En el Movimiento Familiar Cristiano nos reunimos personas que tenemos en común ser laicos. Nuestra vocación es construir el Reino de Dios en el trabajo, en el hogar, en nuestros contactos sociales, en nuestra participación cívica y política.
Allí es donde debemos ser discípulos de Cristo viviendo según los criterios y valores del Evangelio para construir esa civilización del amor de que hablábamos en temas anteriores.
Además, tenemos en común ser casados y padres de familia. Esta vocación al matrimonio y a la paternidad es, junto con nuestro bautismo, una de las manifestaciones mas importantes de la voluntad de Dios para nosotros. Nos ha llamado hacer de nuestro matrimonio una alianza de amor, a construir en nuestro hogar un centro de comunión y participación. Espera de nosotros una respuesta personal y única. Sólo yo puede hacer feliz a mi pareja; sólo nosotros dos podemos ser verdaderamente padres para nuestros hijos. Hay un amor que solo yo puedo dar, un ideal de justicia que sólo yo puedo cumplir, una parte de humanidad que sólo yo puedo dignificar y santificar.
La vocación al amor conyugal y familiar es una invitación a parecernos a Dios que, en palabras del Papa Juan Pablo II, en su misterio más intimo no es una soledad, sino una familia.
Podemos decirnos: Si nosotros ya fundamos una familia, sabemos cuál es nuestra vocación. ¿Para que insistir sobre ella?
Es importante profundizar en nuestra vocación porque conocemos el camino en líneas generales, pero saber el rumbo no nos dice la respuesta diaria que Dios espera de nosotros. Sabemos que nos invita a dar lo mejor de nosotros mismos, pero ¿cómo hacerlo en las circunstancias de cada día?
Si en este momento se nos revelara que uno de nuestros hijos está llamado a ser un gran santo, como San Francisco de Asís o Santa Teresa de Ávila, ¿haríamos algo más, algo diferente, o seguiríamos siendo los mismo padres de siempre?
Y sin embargo, eso es precisamente lo que sucede. Tenemos la misma vocación que ellos: ser perfectos como el Padre es perfecto. Lo especial, lo extraordinario de Francisco y Teresa fue su respuesta total. Dios nos pide una respuesta así en nuestro tiempo y lugar, con nuestra personalidad, por nuestro camino único.
Los esposos sólo cuentan uno con otro para responder a Dios viviendo su sacramento de amor. Los hijos necesitan indispensablemente a sus padres para ayudarles a descubrir y vivir su vocación. La familia es el mejor lugar para descubrir y alimentar la propia vocación desde los primeros años de la vida. Es uno de los
pocos lugares en que cada uno se pone gozosamente al servicio de la vocación de los demás.
En cuanta comunidad educativa, la familia debe ayudar al hombre a discernir la propia vocación y a poner todo el empeño necesario en orden a una mayor justicia, formándolo desde el principio para unas relaciones interpersonales ricas en justicia y amor.
Hay actitudes que nos estorban para descubrir nuestra vocación. Entre ellas están:
- la costumbre de no pensar, no poner atención, no analizar lo que pasa, creer que las cosas suceden por sí o no tienen remedio.
- El infantilismo, que nos lleva a esperar que otros decidan lo que hemos de hacer, dejarles la responsabilidad de nuestra vida y culparlos cuando las cosas salen mal.
- Las actitudes ideales o románticas (voy a cambiar el mundo, voy a reformar a fulano de tal, me dedicare a tal o cual cosa aunque no tenga qué comer).
- El paternalismo, pretender interpretar lo que Dios espera de otra persona. Por ejemplo, cuando los padres presionan al hijo para que siga una carrera u oficio determinado.
- El espíritu de llevar siempre la contra sin ofrecer soluciones. Esto puede ahoga la voz de Dios en nuestro corazón, o impedirnos ver correctamente la realidad.
- El espíritu de rebaño, conformista o pesimista (“Yo no soy para grandes hazañas; me conformo con poco; no vale la pena hacer el esfuerzo; si otros no se preocupan ¿por qué yo si?)
- La cobardía, el temor de hacer algo diferente, a tener que vencer obstáculos, a hacer el ridículo.
- La inconstancia; entusiasmarse sólo por uno días para luego cambiar de opinión o desanimarse ante lo contratiempos.
- El espíritu de suficiencia, del que cree que no va encontrar nada nuevo porque ya lo sabe todo.
- La pereza, la incapacidad de cambiar hábitos y costumbres.
Para recibir un llamado y dar una respuesta es necesario que exista un diálogo entre quien llama y quien responde. Dios nos da a conocer su plan de amor para nosotros no sólo en la Biblia, sino en las enseñanzas de la Iglesia, en las necesidades de nuestros prójimos –especialmente cónyuge, nuestros hijos, los
pobres y cuantos sufren-, en las circunstancias de la comunidad y los acontecimientos de la vida diaria. Hemos de aprender a escucharle con atención, a meditar en el sentido de lo que nos revela, a sentir la invitación amorosa que nos dice “sígueme” en la intimidad del corazón.
¿En que otros pasajes de la Biblia te habla Dios sobre tu vocación?
COMPROMISOS:
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DAME TU CONFIANZA.
Permíteme que te guíe. Tú siempre tendrás las luces y la ayuda necesaria, y eso tanto más cuanto más intensa hagas tu fusión de voluntad conmigo. No temas. A su debido tiempo te inspiraré las soluciones de mi corazón y te otorgare los medios, incluso los temporales, para su realización. ¿No te parece que vale la pena que trabajemos juntos? Aún te queda mucho que hacer por Mí, mas Yo seré tu inspiración, tu apoyo, tu luz y tu alegría. No tengas más que un solo deseo: que Yo pueda servirme de ti como Me plazca sin tener que rendirte cuentas, ni darte explicaciones del por qué. Eso, es el secreto del Padre y de nuestro plan de amor. No te preocupes ni por las contradicciones, las incomprensiones, las calumnias, ni por las obscuridades, las
neblinas, las incertidumbres; todo eso llega y pasa, mas todo eso sirve también para fortalecer tu fe y para brindarte la ocasión de hacer fecunda mi redención para provecho de tu innumerable posteridad.
Yo quiero que tu vida sea un testimonio de confianza. Yo soy El que nunca decepciona y El que siempre da más de lo que promete.
Ahí estoy yo nunca te abandono, en primer lugar porque Yo soy el Amor - ¡Si supieses lo mucho que te
quiero!
Y después, porque me sirvo de ti mucho más de lo que piensas.
Porque te sientes débil, tú eres fuerte con mi Fuerza, poderoso con mi Poder.
No cuentes contigo, cuenta CONMIGO.
No cuentes con tu oración ni con tu influencia. Cuenta con mi acción y con mi influencia.
No tengas miedo. Dame tu confianza.
Preocúpate con mis preocupaciones.
Cuando te sientas débil, pobre, cuando estás en la noche, agonizante, sobre la cruz... ofrece mi ofrenda esencial, incesante universal.
Une tu oración a mi oración. Ora con mi oración. Une tu trabajo a mis trabajos, tus alegrías a mi Alegría, tus penas, tus lágrimas, tus sufrimientos a los míos. Une tu muerte a mi muerte.
¡Cuantas cosas son para ti “misterio” en la actualidad! Las mismas serán luz y motivo de acción de gracias en la Gloria. Pero es en ese claroscuro de la fe donde se hacen las opciones en mi favor y donde se adquieren los méritos cuya eterna recompensa Yo mismo lo seré.
Desea que todos me amen. Tus actos de deseo valen por todos los apostolados.
Los años que aún tienes que vivir sobre la tierra no serán los menos fecundos.
Serán algo así como el otoño, la estación de las frutas y de los bellos tintes de las hojas que están por caer; serán algo así como las puestas del solo momentos antes de hundirse en el horizonte. Tú, por tu parte, irás hundiéndote cada día más en Mí, encontrarás tu puesto eterno en el océano de mi Amor e insertarás en Vida de Gloria tu alma bañada en mi Luz.
Hazte cada vez más disponible. Ten confianza. Es verdad que te he conducido por caminos aparentemente desconcertantes, pero nunca te he abandonado y Me he servido de ti a mi manera para realizar el designio de amor grande y bello tramado por Nosotros desde toda la eternidad.
Ten por seguro que Yo soy la mansedumbre misma y la bondad – lo que me impide ser también justo – porque veo las cosas en profundidad, en su dimensión exacta, y puedo ponderar mejor que nadie hasta qué punto son meritorios vuestros esfuerzos por pequeños que sean. Por la misma razón Yo soy igualmente manso y humilde de corazón, lleno de ternura y de misericordia.
¡Ah! Que no me tengan miedo. Predica la confianza, el optimismo, y cosecharás en las almas nuevos arranques de generosidad. El temor excesivo entristece y coarta. La alegría confiada entusiasma y dilata.
Pide con fe, con fuerza, y hasta con una confianza porfiada. Si no eres escuchado al instante tal y como te lo imaginabas, lo serás un día no lejano tal y como lo hubieses deseado tú mismo si vieses las cosa como las veo Yo.
Pide para ti mismo; pide también para los demás. Haz pasar en la intensidad de tus llamadas la inmensidad de las miserias humanas. Tómalas contigo y represéntalas ante Mí.
Pide por la Iglesia, por las misiones, por las vocaciones.
Pide por los que todo lo tienen y por los que no tienes nada; por los que todo lo son y por los que no son nada; por los que lo hacen todo (o creen hacerlo todo) y por los que no hacen nada (o creen no hacer nada).
Pide por lo que se sienten orgullosos de su fuerza, de su juventud, de sus talentos, por lo que se sienten disminuidos, limitados, agotados.
Pide por los que gozan de buena salud y que ni se dan cuenta siquiera del privilegio de tener un cuerpo y un espíritu en perfecto estado de marcha; y por los tullidos, los decrépitos, los pobres viejos hipersensibilizados a sus achaques.
Pide especialmente por todos los que mueren o que van a morir.
Después de cada tempestad vuelve el silencio. ¿No soy yo El que sosiega las olas desencadenadas cuando Me lo piden? Así que confianza siempre y por encima de todo. Cuando vosotros sufrís, pensad que sufro Yo con vosotros, sintiendo en Mí mismo lo que vosotros sentís. En tales circunstancias Yo siempre os envío mi
Espíritu. Si vosotros le reserváis una buena acogida, El os ayuda a infundir mucho amor en esa prueba y así proporcionáis a esa cruz su máximo de eficacia redentora. Una vez más, confianza: Yo estoy en ti, tejiendo los hilos de tu vida eterna, entretejiéndolos según los designios del Padre con todos los de tus hermanos actualmente sobre la tierra. La tapicería no será manifiesta en toda su hermosura más que cuando se le dé vuelta y sea desplegada, en el Cielo.
La confianza es la forma de amor que más Me honra y Me conmueve.
Nada me apena tanto como el sentir cierto tufo de desconfianza en un corazón que pretende amarme.
No examines, pues, tan meticulosamente tu conciencia. Eso la podría desollar.
Pide humildemente a mi Espíritu que te ilumine y te ayude a expulsar todos esos miasmas que te envenenan ¿No tienes la seguridad de que Yo Te amo? ¿Y eso no debería bastarte?
Te quiero alegre a mi servicio. La alegría de los servidores enaltece al Señor – y la alegría de los amigos enaltece al Gran Amigo.
Sin cesar tengo Yo bondades para contigo. Tú no lo notas sino de vez en cuando, pero mi amor por ti es constante y tu te quedarías maravillado si pudieses ver todo lo que por ti hago... Hasta cuando sobreviene un sufrimiento, tú nada tienes que temer. Yo estoy siempre contigo – y mi gracia te sostiene para que saques provecho de él a favor de tus hermanos. Además, tienes a tu disposición el sinnúmero de bendiciones que te imparto a lo largo de día, las defensas con las que te resguardo, las ideas que hago germinar en tu espíritu, los sentimientos de bondad que te inspiro, la simpatía y la confianza que derramo a tu alrededor, y
otras muchas cosa más que tú ni siquiera sospechas.
Bajo la acción de mi Espíritu, acrecienta simultáneamente tu confianza en mi poder misericordioso y el de4so de pedirle ayuda para ti y para la Iglesia.
Si no consigues más es porque no Me recuerdas suficientemente tu confianza en mi misericordia y en mi ternura para contigo. La confianza que no se manifiesta se debilita y se esfuma.
Razón tienes de reaccionar contra el pesimismo de las conversaciones. Ahí tenéis la Historia: ella os prueba hasta que punto Yo soy capaz de hacer brotar el bien del mal. No hay que juzgar según las apariencias. Mi Espíritu obra de manera invisible en el centro de los corazones. Es frecuente que mi Obra se realice y mi
Reino interior se propague en medio de grandes pruebas, de verdaderas catástrofes. Sí, nada marcha tan bien como cuando la cosa anda mal – porque nada sucede que Yo no pueda soportar con vosotros y hacerlo provechoso para vosotros.
Entrégate a Mí confianza. Ni siquiera intentes saber adónde te llevo. Únete más estrechamente conmigo y ¡adelante!, sin vacilar, a ciegas, entregado totalmente a Mí.
Ponte confianza de parte de mi Vicario, el Sucesor de Pedro. Yo nunca te reprocharé el que hayas intentado vivir y pensar en simbiosis con él, porque detrás de él estoy Yo y soy Yo el que enseña lo que la humanidad puede asimilar en la actualidad.
Nada es tan peligrosos como el apartarse, aunque no sea más que interiormente, de la Jerarquía. Los que así obran se privan de la “gratia cápitis”; poco a poco se opera el ofuscamiento del espíritu, el endurecimiento del corazón: presunción, soberbia, y muy pronto... catástrofe.
Deposita cada día más tu confianza en Mí. Tu luz, lo soy Yo; tu poder, lo soy Yo.
Sin Mí tú no serías más que tinieblas, flaqueza y esterilidad. Conmigo no hay ni una sola dificultad de la que no puedas salir victorioso – pero no te vayas por eso engreír o vanagloriar. Te arrogarías indebidamente lo que no te pertenece. Obra más a menudo bajo mi dependencia.
Ten confianza en Mí: Si a veces Yo requiero tus sufrimientos para compensar tantas y tantas ambigüedades y resistencias humanas, no olvides sin embargo que nunca serás probado por encima de tus fuerzas sostenidas por mi gracia. “Mi yugo es suave y mi carga ligera”. Si yo te asocio a mi redención es por amor por ti y por el mundo – mas ante todo Yo soy ternura, delicadeza, bondad.
Yo te facilitaré siempre los elementos materiales (salud, recursos, colaboraciones, etc.) y espirituales (don de la palabra, del pensamiento y de la pluma) que necesites para realizar la misión que te confío. Todo eso, día tras día – bajo mi dependencia – pues soy el único que puede fecundar tu actividad y tus sufrimientos.
Conduce a los que te confío por los caminos del amor más sencillo y más abandonado a mi ternura divina. Si las almas pusieran más su confianza en Mí y Me tratasen con cariño – respetuoso, por de pronto, pero profundo - ¡ya se sentirían más asistidas al mismo tiempo que más amadas! Yo estoy en lo íntimo de cada una, pero ¡que pocas se preocupan con mi presencia, con mis deseos, con mis presentes! Yo soy El que da y El que me quiere dar siempre – pero es necesario que Me deseen y que cuenten conmigo.
Yo he sido siempre tu guía y, misteriosamente, mi mano te he sostenido y te ha impedido tropezar sin que, las más de las veces, tú te des cuenta. Dame, pues, tu confianza total, con gran humildad y con la conciencia lúcida de tu debilidad – pero asimismo con fe plena en mi poder.
Comulga con frecuencia en mi eterna juventud de la que tú mismo quedarás sorprendido cuando Me veas en el paraíso. Y no sólo Yo soy eternamente joven sino que rejuvenezco todos los elementos de mi Cuerpo Místico. No sólo Yo soy la alegría sino que regocijo con un gozo inefable a todas mis células vivas. Quédate
siempre joven de alma y, suceda lo que suceda, recalca: “Jesús me ama y está siempre conmigo”.
COMPROMISOS:
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SU DIVINIDAD
Jesús no era sólo hombre, sino Dios- Hombre; todos sabemos esta verdad, pero ¡con cuánta frecuencia la olvidamos! Y hay que refrescar en nuestra memoria ese estupendo prodigio y descorrer hasta donde sea posible los velos del misterio.
Debemos pedir la luz del cielo para contemplar abismados, en Jesús, Verbo hecho carme, lo divino, lo eterno, lo santo, lo infinito.
Pensemos en Jesús, mucho y siempre: pero no sólo mirando en El al hombre, sino al Dios- Hombre, a Dios en el hombre, a la Divinidad unida a la Humanidad, como trasluciéndose en esta Humanidad santísima en la que irradia fulgores celestiales y diviniza por la unión hipostática el alma y el cuerpo santísimos del Hombre- Dios.
¡Oh, si todas las almas contemplaran la Divinidad que está en todo el Ser purísimo de Jesús! Si El es hermoso, es porque se refleja a la divina hermosura; si es divinamente bueno, compasivo, amoroso y tierno, delicado, atractivo, purísimo y santísimo, es por la Divinidad, una misma en el Padre y en el Espíritu Santo.
Hay que ver y sentir a Jesús tal cual es, divino y humano, para comprender y agradecer más el anonadamiento del VERBO Encarnado en seno virginal de María, al hacerse hombre sin dejar de ser Dios, movido tan solo por el amor, por la infinita caridad para con nosotros, los pecadores.
En la Trinidad son tres Personas distintas y un solo Dios. Pero Jesús, como Hijo, ama a su Padre con sus dos naturalezas, la divina y la humana, y quisiera darle, por decirlo así, doble gloria, puesto que con la misma santa fecundidad del Padre es su Hijo divino y divino-humano. ¿No es acaso el Corazos de Jesús trono y santuario de la Divinidad? Es mas fácil separar el agua del vino, el perfume de la flor, porque separar la Divinidad del Hombre Dios, del Dios Hombre. Amemos mucho a Jesús, pero así COMO ES JESÚS, amando en El a la Divinidad.
En todo el Cuerpo santísimo de Jesús está la Divinidad. Crucificaron ese Cuerpo unido a la Divinidad, al Dios Hombre, aunque la Divinidad no podía padecer.
Quiso Jesús manifestar al hombre con sangre su amor infinito y redimirlo con dolor, para abrirnos el cielo con sus padecimientos; por eso el divino Verbo tomó un Cuerpo posible; pero de ese Cuerpo, que por dicha nuestra recibimos en la Comunión, ni en vida ni en muerte se apartó la Divinidad.
En esa Divinidad que apenas podemos vislumbrar está el Padre que es LUZ, esta el Verbo que es Luz de Luz, y está el Espíritu Santo, Foco eterno de eterna Luz.
No cerremos los ojos de nuestras almas a esa Luz increada, a la Divinidad misma: no importa que nos deslumbre, que nos anonade, así comprenderemos algo de nuestra nada y no gozaremos a la vez en quien lo es Todo.
Cuánta falta hace en el mundo ver en Jesús a su Divinidad, es decir, tener presente lo que es, Dios Hombre, y no familiarizarnos culpablemente con El, olvidando lo que es. No quiero decir que le retiren las almas su confianza, porque debemos tenerla siempre con El, pero lo que deseo repetir es que se refresque esta verdad en las mentes y en los corazones. ¡Cuán hondo debía estar este pensamiento, esta verdad, en nuestras almas!; porque, aun cuando la creamos, lo olvidamos muy frecuentemente y no la tenemos en cuenta en nuestros actos.
Es muy triste, pero muy común, tratar a Jesús simplemente como hombre, sin recordar al divino Verbo en El, sin meditar ni pensar siquiera en que es Dios-Hombre, en que la Divinidad esta en El, en que en Jesús no hay Persona Humana si no solamente la divina, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Así es Jesús, divino y humano “Flor germinada ante de los siglos de la raíz de toda verdad, belleza y vida; flor salida de María, de la vara de Jesé. ¡Oh Jesús- Dios Hombre- Dios yo te amo, te adoro y te admiro! embalsama mi alma con tu perfume de suerte que todos los encantos de la tierra desaparezcan para mí, y quedes solo Tú para poseer todo mi corazón.
Gran milagro de Jesús a su paso por la tierra fue esconde su gloria, su Divinidad, sin dejarla transparentarse sino en ciertas ocasiones para confirmar que era Dios, como en el Tabor.
La visión beatifica, inseparable del Hombre- Dios, lo asistía; mas, para poder sufrir, Jesús velo en su parte inferior esa divinidad, y así pudo sufrir el desamparo de la Cruz, tan cruel como redentor.
¡Oh Jesús, Dios hombre! ¿Quien será capaz de comprenderte? La Divinidad producía en Jesús, repito, el santo atractivo con el que cautivaba a las almas; esa Divinidad derramada por El los milagros, perdonaba los pecados, resucitaba a los muertos, y se hacia sentir santamente en los corazones. Todo esto lo sabemos,
pero cuántas veces no lo recordamos, repito. Veamos como esa humanidad sacratísima esta unida indisolublemente a la Divinidad y que es Jesús uno con ella por ser Dios Hombre.
La Santísima Humanidad de Jesús es como puerta, camino, escalón; y para llegar ala Divinidad hay que cruzar por esa Humanidad Sacratísima para alcanzarla. La Divinidad es la vida, es la Luz del mundo, la eterna Verdad sin sombras. Esta hermosa realidad es olvidada de muchas almas y de otras, hasta ignorada. Y si
esta verdad se enseñaría de nuestras mentes ¡Cuantos pecados se evitarían y a cuántas faltas de respeto a la Eucaristía no tendrían lugar! Hay que dar a conocer a Jesús tal cual es para la gloria del Padre de toda la augustísima Trinidad.
Todo el poder de la Iglesia viene de Jesús. Jesús si fuera puro hombre, de nada hubiera servido para salvarnos; pero como el Verbo se hizo carne, en El está la virtud y la potestad que rige esa santa Iglesia, es decir, en Jesús Dios Hombre. Es Jesús nuestro divino Redentor, porque en El está la Divinidad. El Divino Verbo tomo la humanidad como medio santísimo para que con dolor y sangre redimiera al mundo; pero Sangre divina, Cuerpo Divino por la unión hipostática con la Divinidad. Sus dolores fueron divinos y sus méritos divinos, que nos abrieron el cielo como Dios- Hombre.
Amemos mucho a esa Divinidad escondida en Jesús, que debemos conocer más y más, sin que su grandeza nos impida la sencillez y la confianza con Jesús, sino que antes bien, la aumente; porque Dios es amor, y el amor atrae, se abaja, perdona y cura; el amor limpia, purifica y hermosea; por tanto, lo seguiremos
amando, y su Divinidad esplendente no nos estorbará para más amarlo, y su luz nos servirá para conocerlo mejor, y su grandeza para más humillarnos.
Impregnaremos la vida íntima de nuestras almas con esas claridades celestiales y transformaremos nuestra vida- ya sea activa, ya sea contemplativa- viendo en todo a Dios. Pero “al regio alcázar de la Divinidad, de la Luz, no se entra andando, dice un escritor, sino en los brazos divinos; y para ser llevados, necesitamos ser
pequeños...
Muy luminosa será nuestra vida espiritual, si recordamos en Jesús su Divinidad; y entonces amaremos plenamente abajo la acción del Espíritu Santo y descansaremos en el seno del Padre, Centro infinito de la Divinidad. Ese amor al Dios- Hombre atrae las gracias porque clama al cielo algo divino, porque el Padre
está en ese amor; y ante algo de su Divinidad, Él no resiste. Si el Eterno Padre quiso dar al mundo a un Dios- Hombre, fue para acercar al hombre al Amor, para que el hombre pudiera ver, oír y palpar, por decirlo así, a un Dios- Hombre sin morir, para que tuviera a quien amar, acariciar, tocar y deleitarse en los encantos de esa sagrada Humanidad.
En Jesús, repito, todo es divino; y si lo besamos, si lo acariciamos, besamos a Dios en El y a El en Dios; pero como Jesús es a la vez Dios y Hombre, y tiene corazón de hombre, entrañas de hombre, alma de hombre, sabe sentir, agradecer y amar con amor humano y a la vez divino.
Amemos ardientemente y sin ese temor que paraliza a nuestro Jesús- Dios; sacudamos nuestras alas del polvo de la tierra y tendamos el vuelo hacia su Divinidad, para estrecharnos con Jesús. Vivamos a lo divino, y que esta Divinidad nos atraiga hacia El como a la mariposa la luz.
Con este calor de amor viendo en todo a la Divinidad, esto es, al divino Verbo en Jesús, al Padre y al Espíritu Santo, a Dios mismo en El, vivamos hasta nuestra muerte. Y esa Divinidad nos descubrirá hondos abismos de perfecciones en Jesús, elevadas cimas de luces celestiales y profundas enseñanzas; nos aclarará con irradiaciones divinas COMO ES JESÚS y coronara todas estas cosas con un amor sobre todo amor.
COLOQUIO
¡Oh, Jesús del alma! ¡Tú sabes lo que ha sido mi vida, una cadena de infidelidades y miserias! He recorrido muchos senderos, he pasado por muchos lugares, he amado a mucha almas, pero ¡oh, si! Por bondad tuya y dicha mía, mis deseos han sido de que todas estas cosas formaron un marco que encerrara una sola figura, ¡Jesús!, ¡la tuya ten encantadora y divina! Tú, Jesús mío, has sido el ideal e mi vida, el Dueño único de mis instantes, el centro de mis esperanzas, de mis palabras, de mis acciones, de mis dolores y lágrimas, de mis alegrías, de mi actividad y de mi descanso.
Y después de tantas cosas que Tú sabes ¿qué me resta? –Morir místicamente mientras llega la muerte real; olvidarme de mi mismo y de todo lo que no seas Tú; hundirme en el mar sin fondo, en el océano de tu divino Corazón y desear que muchas almas, meditando “Como es Jesús”, se enciendan en amor por Ti, por la
Divinidad en Ti...
Quiero subir los peldaños del perfecto olvido, decirle adiós a las últimas cosas de la tierra, acabar de echar losa sobre el sepulcro de mi muerte mística y hundirme en el mar de luz y de amor del alma de Jesús, Dios-Hombre, y descansar por fin en la luz de su Divinidad y en la eterna paz.
¡Tú eres, Señor, mi descanso, mi felicidad, mi acción de gracias, mi correspondencia y mi único amor! Yo no tengo virtudes, pero Tú las tienes todas y eres mío, divino y humano. Contigo tengo para pagar mis deudas, para desagraviar a la Divinidad ofendida con mis pecados, para purificarme y entrar al cielo.
¡Oh María! ¡Que aspiraste la Divinidad en tu Jesús Dios- Hombre, que vivías de su luz, que ardías en su fuego, que saciabas tus miradas en Jesús- Dios, que penetrabas en las regiones escondidas de lo puro, de lo santo, de lo bello, de lo inmortal, de lo infinito! Danos a conocer al Jesús verdadero, al Hombre- Dios divino y humano, y descorre los velos de su Divinidad para que nos extasiemos contemplándolo. Quita la penumbra, el nublado de nuestro amor mezquino, que nos vela sus esplendores, para que miremos su resplandor.
Alcánzanos es luz de la Divinidad que nos opaque las cosa de la tierra, esa claridad que traspasa lo visible, para poder entrar en el santuario del Corazón de Jesús: queremos intérnanos en ese Dios- Hombre, perdernos en los insondables arcanos de su amor y gozarnos desde este destierro en saber por tu medio “Como es Jesús”,
todo amor y que espera siempre amor. Amén.
COMPROMISOS:
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EL CORAZON DE CRISTO Y EL CORAZON DE LA PATRIA.
Ecce tabernaculum Dei Cum hominibus, et habita bit cum eis. Et ipsi populus eius erunt, et ipsi Deus cum eis erit eorum Deus. (Ap.XX, 3).
Por un designio felicísimo se han reunido en un mismo entusiasmo, en una mismaexplosión de piedad, en un mismo cántico de gloria, tres misterios cristianos: el Espíritu Santo, a q se consagró la nación mexicana al inaugurarse el Congreso; la Divina Eucaristía, Que ha llenado con su arcana dulzura esta semana inolvidable; y el Corazón Santísimo de Jesús, a quien va a consagrarse a México en la presente solemnidad. ¡Qué maravillosamente se armonizan estos tres misterios que parecen matices de una misma luz, irradiaciones del mismo fuego, notas del mismo acorde celestial, fases divinas del mismo divino misterio! ¿No os parece
que estos tres misterios llevan en su fondo el misterio supremo del Amor infinito?, es el Amor que en el seno inefable de Dios tiene un nombre inefable también: el Espíritu Santo, que desde aquellas altas cumbres parece precipitarse como cascada celestial, hasta llegar al caos inmenso del Corazón de Cristo para formar
un océano y derramarse después en la Santa Eucaristía, como raudal caudaloso que llena el mundo de vida y de amor.
¿No era justo que esta agua de amor que hemos recibido y que ha recibidonuestra patria volviera al seno de donde emanaron? ¿No era justo que por esta consagración total y definitiva de la Republica Mexicana al Corazón de Jesús le devolviéramos lo que de El hemos recibido, como al amanecer la tierra húmeda devuelve al cielo en diáfano vapor las aguas copiosas que de él se han derramado? Yo pienso que esto es lo que significa la presente solemnidad. Nosotros hemos creído en el amor a Dios; hemos visto pasearse triunfante sobre nuestro suelo y sobre nuestra historia el Espíritu de Dios, como se cerniera en el principio de los
tiempos sobre el hondo abismo: hemos sentido las palpitaciones del amor del Corazón de Cristo y hemos bebido a raudales el amor y la vida en las fuentes sagradas del Salvador. Y nos hemos dicho; volvamos amor por amor, donación por donación. Simbolicemos el corazón de la Patria en un corazón de oro:
pongamos allí nuestras plegarias y nuestras esperanzas, nuestros sacrificios y nuestras lágrimas, y depositemos todo a los pies de Jesús, para que sepa el mundo que Jesús es nuestro Dios y que nosotros somos su pueblo.
Tal es el sentido profundo de esta consagración de la Republica Mexicana al Divino Corazón de Cristo en los días del Congreso Eucarístico.
Jesucristo es Rey de las naciones como es Rey de los individuos. Su corazón las ama, su mano vierte en ellas donde peculiares para que puedan cumplir sobre la tierra la misión providencial que tienen asignada. Es verdad que Jesucristo, Señor Nuestro, vino a establecer sobre la tierra una inmensa fraternidad que abarca
todos los pueblos y todas las naciones, que tiene por centro un sacramento de unidad y de paz y por código sublime aquellas palabras inmortales que tan dulcemente pronunció Jesús en el Cenáculo: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”.
Pero esta Divina fraternidad que a nadie excluye, porque todos tenemos un lugar en el Corazón de Jesús, porque a todos nos brinda el manjar de su Carne y el vino de su Sangre, por que todos estamos cobijados por la inmensa bandera de la caridad que no tiene limites, por que no tiene límites el amor; esta divina
fraternidad tampoco excluye a las naciones, como no excluye a las familias, antes bien las supone, las fortifica, porque son inseparables para que se realice el concepto grandioso que Jesús se formó de la humanidad.
Es cierto que en la maravillosa parábola del Buen Samaritano, Jesús, el Divino Maestro, nos enseñó que el concepto de prójimo, no se funda ya sobre las exigencias estrechas de la carne, sino sobre las tendencias amplias de la caridad; pero también es cierto que con las palabras de sus labios y con los hechos de su
vida y hasta con las lagrimas de sus ojos nos enseñó que para que se realizara esa divina fraternidad que venía a establecer sobre la tierra, era preciso que el hombre se agrupara en familias, en pueblos y en naciones, para que de esta suerte se realizaran los santos, los divinos designios del Señor.
¿Cómo podrían los individuos aislados realizar el inmenso programa de caridad que Jesucristo nos trazo?
Aislados somos impotentes y estériles, unidos somos fuertes; así como no puede realizarse la unidad opulenta del organismo si las células que la componen no se agrupan en órganos distintos por su estructura y por sus funciones; así tampoco puede realizarse el ideal de la santa y divina fraternidad universal, si los hombres
no se agrupan primero en familias, y éstas en pueblos, los cuales a su vez, deberán unirse en una inmensa sociedad de naciones que la Edad Media llamó Cristiandad, que constituye uno de los más grandes ideales modernos y que en los designios de Dios debe ser la humanidad nueva, la humanidad regenerada que
tiene un jefe; Cristo; que tiene una ley: el Amor.
De aquí se desprende el concepto cristiano de la patria, no el estrecho que tienen los paganos y que cava un abismo entre los pueblos, sino el amplio, el divino, que nos enseñó Jesús, que hace que estos pueblos sin perder su fisonomía y su carácter extiendan su mano y se la estrechen, que hace que siendo cada una de
las banderas nacionales santa e incólume, se agrupen todas bajo la bandera inmensa de la caridad.
Para el cristianismo la nación ocupa un lugar en el Corazón de Dios, recibe de El dones especiales para que pueda cumplir la misión providencial que le ha sido designada, misión providencial que le ha sido designada, misión que siempre consiste en servir a Cristo, porque El recibió en herencia todas las naciones como los individuos, Jesús les hizo el don inestimable de la Eucaristía: también para las naciones como para los individuos la Eucaristía es el compendio de todas las maravillas de Dios.
En efecto, cuando Jesús vino a la tierra, la tierra se estremeció de gozo; parece que las criaturas todas sintieron el inefable influjo de su divina Persona y todas vinieron a rendirle pleito homenaje: la luz nimbó su cabeza; el viento acarició su frente; las flores lo envolvieron con sus perfumes; los cristales del Tiberíades
copiaran su figura celestial. ¡Dichosa, dichosa aquella tierra lejana que parece conservar después de siglos, el perfume de Jesús que pasó por ella! ¡Bendito mil veces aquel rincón de la tierra que conoció a su Rey y que puede decir a todos los siglos: “Por aquí pasó”.
Nosotros que estamos alejados de aquella tierra bendita por dos océanos, que estamos alejados de Jesús por veinte siglos, nosotros ¿no gozaremos de la regia presencia de Cristo? ¿Nosotros no podemos decir como la afortunada Palestina: “Por aquí pasó”? ¿Jesús será para nosotros un recuerdo muy dulce, muy santo,
pero un recuerdo nada más? ¡Ah! ¡No! ¡Jesús ama a nuestra Patria, y porque la ama, yo estoy cierto que pensó en ella sobre la mesa del Cenáculo: pensó en los océanos que la arrullan con su grito formidable; pensó en nuestras cordilleras que se levantan gigantescas sobre nuestro suelo riquísimo; pensó en nuestras
campiñas floridas, en nuestros hondos barrancos, en nuestro Tepeyac, -sobre todo en nuestro Tepeyac- , el trono de la Virgen María y el corazón de nuestra Patria!... Y quiso Jesús venir a tomar posesión de esta Patria querida, y se abrieron sus labios, y pronunció la palabra de amor...
Y los siglos volaron y un día la tierra de México se estremeció al contacto de su Rey y Señor, de Jesús. Vino Él, puso su tabernáculo entre nosotros, y paso por nuestros campos, y subió a nuestras montañas y vivió nuestra historia, - si me permite la expresión- , como un ciudadano mexicano, o más bien, como un Rey de
este pueblo que le pertenece y que le ama.
Y notemos la delicadeza de este don de Dios para las naciones. Nosotros, los individuos, si no gozaremos aquí en la tierra de la presencia de Jesús, gozaríamos en la Patria eterna; un día nuestra alma transfigurada, nuestro cuerpo resucitado, se pondrían en contacto con el divino Jesús; pero las naciones viven únicamente en el tiempo, porque en la Patria eterna ya no se necesitan las funciones que los pueblos desempeñan sobre la tierra, porque la caridad de arriba no es una caridad que socorre y que lucha, es una caridad que Contempla y que adora por los siglos eternos. Para que Jesús pudiera ponerse, por decirlo así, en
contacto íntimo con las naciones, era preciso que existiera la Eucaristía y Jesús realizó ese prodigio. Cada Sagrario del mundo es un trono donde Jesús impera sobre los pueblos.
Pero claro está que no es únicamente el don de su presencia el que da a las naciones Jesús en la Eucaristía, sino que también en ellas les da la vida de una manera oculta, secretísima, pero real y maravillosa.
¿Hemos pensado lo que se necesita para formar el alma de un pueblo?
Tradiciones de raza, acontecimientos históricos, ideas difundidas, influjos exteriores. ¿Quién podrá siquiera enumerar los distintos elementos que en complicadísima trama deben formar el alma nacional de un pueblo? Pero en las naciones cristianas, por encima de todas estas causas naturales, hay el influjo sobrenatural, definitivo e indiscutible que dimana, como don de su propia fuente, de la Sagrada Eucaristía. ¡Ah, sí! La Eucaristía ¿no ha formado el alma nacional de México?
Se dirá quizá que estos influjos sobrenaturales son secretos, son misterios, ¿quién los puede comprobar? –Cierto; así son siempre las fuentes de la vida. Pero la vida tiene a las veces explosiones que revelan su secreto; y dos explosione de esta clase hemos sentido los hombres de la generación presente que nos han revelado el Alma Nacional de México; dos veces nos hemos sentido mexicanos; dos veces hemos tenido la conciencia vivísima de que tenemos un solo corazón y una sola alma; dos veces hemos sentido dentro de nosotros las palpitaciones inmensas de nuestra Alma Nacional. ¿Lo recordamos? La primera fue el 12 de octubre de 1895, cuando colocamos una corona de gloria y de amor sobre la frente de la Virgen de
Guadalupe. Entonces toda rodilla se dobló, todos los ojos lloraron, y de la Republica entera, ataviada con festivo adorno, se levantó un grito de un pueblo que aclamaba a su Reina. Entonces tuvimos la revelación de que México es un pueblo Guadalupano.
¿Necesitaré decir que en estos días, en estos instantes, ante nuestros ojos asombrados, se renueva el milagro de que se revele a nosotros el Alma nacional de México? Otra vez nuestro suelo se ha estremecido de entusiasmo; nuestras montañas gigantescas han repetido el eco de un himno de abalanza brotado de
todos los pechos; viva llama de amor arde en todos los corazones que parece abrasar el ambiente... ¿Qué pasa? Es que pasea triunfante por nuestro suelo la Hostia Santa u que un pueblo tocado de divina locura la aclama. México es una nación Eucarística; bebió su alma en las fuentes Divinas de la Eucaristía y por eso
se siente enloquecida cuando se levanta en triunfo la Hostia Inmaculada.
Y he aquí en estos momentos solemnes México reconoce el don de Dios, el don divino de la Eucaristía que ha recibido de las manos divinas de Cristo y se apresta para devolver don por don, amor por amor, donación por donación. Y he aquí que en estos momentos solemnes la República entera, la Patria cristiana, la que tiene tradiciones Eucarísticas y Guadalupanas, va a consagrarse de una manera total y definitiva a Aquél que le ha dado su existencia y su vida.
¡Ah! ¡Levantaos, nobles representantes de las Iglesias de México, heraldos del amor de una patria agradecida! ¡Tomad en vuestras manos, en esas manos que son las manos de un pueblo, tomad el don simbólico, el que encierra nuestras lagrimas y nuestras plegarias, el que encierra nuestras esperanzas y nuestros sacrificios; llevadle con él la promesa de nuestra fe inquebrantable, la prenda de nuestro amor ardiente y el juramento de nuestra eterna fidelidad a este Jesús, Rey inmortal de las naciones, que ha hecho a nuestro pueblo el don inenarrable de la Eucaristía!
Recibe, Señor, por las manos inmaculadas de la Virgen María de Guadalupe, el don de la Patria, el don simbólico, el que encierra el Alma nacional de nuestro pueblo. Allí están, Señor, nuestras tradiciones robustas, profundamente cristianas; allí están, Señor, nuestras esperanzas que nunca se marchitan; allí está, Señor,
nuestro amor que no se extingue; allí está “El corazón del pueblo que te ama, “el corazón del pueblo que te aclama... “en tu paso triunfal... ¡Yo no sé lo que en lo futuro nos depare tu justicia y tu misericordia; pero yo te aseguro, ¡Oh Jesús dulcísimo! ¡Oh Jesús victorioso! Que sobre el suelo de nuestra patria, próspera o desdichada, siempre se erguirán dos tronos: el trono tuyo y el trono de la Virgen María, y que nada ni nadie podrá arrebatar de ellos los dones nacionales: ¡la Corona de la Reina y la Custodia de la Eucaristía!
COMPROMISOS:
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DE LA CARIDAD DE MARÍA PARA CON DIOS.
Donde hay pureza hay amor. Cuanto más puro estuviere un corazón y más vació de si, mas lleno estará el amor de Dios. Pues, como la Virgen Nuestra Señora fue tan humilde y desprendida de sí misma, la lleno plenamente el amor divino, habiendo amado a Dios más que a todos los hombres y todos los ángeles, por lo cual muy bien la llamó San Francisco de Sales, “Reina del amor”. Impuso nos el Señor precepto de amarle con todo el corazón, pero hasta que le veamos en el cielo no cumpliremos este precepto perfectamente.
Por otra parte, hubiera desdicho en cierta manera imponer Dios a los hombres una ley que nadie hubiese de cumplir del todo, si no hubiera criado a su Madre Santísima, que la observó con la mayor perfección, pues, el amor divino hirió, traspasó y poseyó totalmente su corazón purísimo; y así, amo siempre sin defecto
alguno, diciendo con toda verdad: “Mi Amado es todo para mi, y yo para mi Amado”. Hasta los serafines podían bajar del cielo y aprender de su corazón a amar al Señor.
Vino el Señor a encender en el mundo el fuego de la caridad; pero en ningún pecho prendió tanto como en el de su querida Madre, que, como tan libre y desocupado de todos los afectos terrenos, estaba también mucho mas dispuesto a encenderse en tan preciosa llama que otro ninguno. Su dulce corazón se podía
llamar fuego y hoguera, como se dice en el libro de los Cantares: Lampades ejus, lampades ignis atque flmarum. Fuego que ardía dentro, y llamas que con el ejercicio de todas las virtudes resplandecían de fuera.
Cuando llevaba en los brazos a su Hijo Santísimo, bien pudo llamarse fuego que llevaba otro fuego, mucho mejor que aquella mujer de quien lo dijo Hipócrates por verla pasar con fuego en la mano. Como el fuego penetra en el hierro, así la penetró el fuego del Espíritu Santo, y con tal fuerza y ardor, que nada se vio en
ella que no fuese fuego de amor divino. La zarza que ardía y no se quemaba fue símbolo suyo, y el haberla visto San Juan vestida de sol, significaba que estuvo tan unida con Dios, que no parece posible pueda llegar a tanto pura criatura.
Jamás sufrió tentación, ni aun leve, porque sintiendo de lejos los demonios el ardor de su caridad, huían precipitadamente. Ni tuvo nunca más pensamiento, más deseo, mas gozo que a Dios; y así, eran sinnúmero los actos de amor que hacía su bendita alma, como enseña Suárez, estando casi siempre en contemplación, o mas bien era un acto solo, continuo, sin interrupción, porque como águila real, tenía siempre fijo los ojos del alma en el divino Sol de Justicia, con tanta firmeza, que ni a las acciones exteriores impedían su contemplación elevada, ni ésta el atender a las ocupaciones externas. Y por eso en la antigua ley fue figura suya el propiciatorio, del que ni de noche faltaba fuego.
Tampoco el dormir le estorbaba al amar, porque si, como dice San Agustín, se concedió este privilegio a nuestros primeros Padres en el estado de la inocencia, no se debe negar a María, y en esto concuerdan con el P. Suárez varios otros Doctores. Mientras su cuerpo descansaba, velaba su alma, y en ella se cumplía lo
que se escribe en el libro del Sabio: “no se apagara su lámpara de noche”. No le impedía el sueño hablar con Dios ni estar en contemplación mas alta y perfecta que jamás lo estuvo en la vigilia ningún otro viviente racional. “yo duermo y mi corazón vela”, podía muy bien decir con la esposa de los Cantares. Tan feliz
durmiendo como velando. De manera que mientras vivió en la tierra amo continuamente a Dios, haciendo siempre todo aquello que conocía ser mas grato a sus divinos ojos, y amándole todo cuanto conocida de verle amar. En suma: tanto la lleno y poseyó la calidad divina, que no fue posible cupiese más en pura
criatura; y así vino pronto hacer a los ojos de Dios tan hermosa y placentera, que vencido y preso de su amor, descendió y se hizo hombre en su seno virginal. Esta es la doncella que con su virtud le hirió y robo el corazón. Ahora bien; pues que tanto le ama, ciertamente que ninguna otra cosa pide con mas insistencia de sus devotos como el que le amen ellos también cuanto alcancen sus fuerzas. Así lo dijo a la beata Ángela de Foligno un día de comunión: “Ángela, mi Hijo te bendiga, y tu, ámale cuanto puedas”; y a Santa Brígida: “ Si quieres tenerme contigo, haz de amar a mi hijo”. Como su amado es Dios, solicita que de nosotros también lo
sea. Pregunta un autor por qué suplicaba la Esposa que dijese a su Esposo lo mucho que le amaba. ¿No lo sabía El? ¿No había de tener noticia de llama tan amorosa el mismo que la hizo? Lo decía, no para que el Señor lo supiese, si no los hombres, a fin de que del modo que ella estaba herida, procurásemos estarlo
también nosotros. Por lo cual, así como arde en ella este divino fuego, así a todos los que la veneran y procuran acercársele les comunica tan envidiable incendio, haciéndolos semejantes así. Por la misma razón Santa Catalina de Siena la llamada portatrix ignis: la que lleva fuego. En fin, si queremos que en nuestros
corazones se encienda esta preciosa llama acerquémonos a nuestra Madre con ruegos y encendidos afectos.
¡Oh, Reina de amor! La mas amable, la mas amada y la mas amante de todas las criaturas, como os decía San Francisco de Sales: Vos, Madre Mía, que siempre ardisteis en amor celestial, dadme siquiera una centella de amor tan soberano.
Vos que pedisteis por los esposos en aquellas bodas, cuando el vino se les acabo, pedid por vosotros, pues ved que nos falta el vino del amor sagrado. Decid al Señor así: no tienen amor, y alcanzándolo Vos misma con nuestros ruegos poderosos. Madre Piadosísima, por el amor que le tenéis no desistáis de rogar por
nosotros hasta conseguirnos esta gracia. DE LA CARIDAD DE MARÍA PARA CON EL PRÓJIMO.
En un mismo precepto nos impuso el Señor la obligación de amarle y amar al prójimo, porque, como enseña Santo Tomás, quien ama a Dios, ama todo lo que Dios ama. Le decía una vez Santa Catalina de Génova: “Señor, Vos queréis que ame al prójimo, y yo, fuera de Vos, no acierto a amar a nadie”. A lo que su Divina
Majestad le respondió: “Amándome a Mí, amas todo lo que Yo amo”.
Pues así como no hubo ni habrá quien a Dios ame tanto como María, así tampoco hubo nunca ni habrá quien ame tanto al prójimo. Dice Cornelio a Lápide que esta amantísima Virgen estaba representada en aquella muy rica y preciosa litera rica, pura y hermosa en que, habitando el Verbo Encarnado lleno a su Madre de
ardentísima caridad para cuantos recurriesen a ella; y así, mientras vivió en el mundo, estuvo tan colmada de esta virtud, que, aun sin que nadie se lo rogase, socorría toda suerte de necesidades y miserias, como lo dio bien a conocer en aquellas bodas. Pero, en nada fue su caridad tan encendida y generosa en ofrecer
a su Santísimo Hijo a la muerte por nuestra eterna felicidad: tanto amó al mundo, que por él dio a su mismo Hijo, como del Padre Eterno pondera San Juan. Ni porque ya se ve feliz y glorificada en los cielos se le ha olvidado o entibiado en algo su amor; antes, es ahora más crecido, no habiendo nadie que deje sentir los
efectos de su piedad con solo alzar el corazón para implorarla. Y ¿qué fuera del mundo si no estuviese de continuo rogando por nosotros? Ni esperanza de misericordia nos quedaría.
“¡Dichoso de aquel (dice María) que, dócil a los ejemplos y avisos que le doy, toma de mi lecciones de caridad para ejercitarla con sus prójimos!” No hay cosa con que más fácilmente nos granjeemos su amor y protección, como en ser buenos y caritativos. A todas horas nos está diciendo.: “Sed misericordiosos, como vuestra Madre lo es”; y sin duda usan Dios y su Madre de misericordia a la medida que la usemos. El pago de aquello en que favorezcamos o hagamos bien a cualquier pobre, será la posesión entera de la gloria pues, por boca del Apóstol tiene prometido el Espíritu Santo, que, así en esta vida como en la otra, los caritativos
serán felices; como que el que socorre al necesitado es lo mismo que dar en préstamo a Dios y hacerle nuestro deudor.
Madre de misericordia, pues que con todos la tenéis tan grande, no os olvidéis de las miserias mías. Viéndolas estáis. Hablad por mí al Señor, que nunca os niega nada de lo que pedís, Pedidle, Madre mía, y alcanzadme la gracia de siempre le ame sobre todas las cosas, y al prójimo como a mí mismo.
COMPROMISOS:
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LA ACCION DE GRACIAS
El amor a Cristo, que se ofrece por Nosotros, nos impulsa a saber encontrar Acabada la Misa, unos minutos para Una acción de gracias personal, íntima Que prolongue en el silencio del corazón Esa otra acción de gracias que es la Eucaristía. (Es Cristo que pasa, 92)
El sacramento de la Eucaristía es –primordialmente- culto de Acción de Gracias.
Hay en la vida del cristiano modos muy diversos de practicar la gratitud, de dar gracias, que refleja la finura y elegancia del alma, y es una forma extraordinariamente bella de relacionarnos con Dios y con los demás.
Pero hay una Acción de gracias singular que aglutina y recapitula a todas: es el culto Eucarístico, culto de acción de gracias por excelencia: Si hay un momento en nuestra vida espiritual, en nuestra profesión cristiana, en nuestra adhesión a la Iglesia, en el que hay que empeñar toda nuestra atención, nuestra conciencia, nuestro favor, es éste de nuestra unión con Cristo Eucarístico. (Pablo VI, Homilía 22- IV- 1967). El amor a Jesús, presenten la Sagrada Eucaristía, se manifestará en el modo de dar gracias después de la Comunión, por el bien incomparable de habernos visitado. ¡Son los momentos más importantes de todos!
... Amor únicamente con amor se paga.
Son éstos - ¡haz por no olvidarlo!- los momentos en que el Señor nos llena más de sus dones; y en ellos debemos ser particularmente agradecidos.
Esta acción de gracias que sigue a la Misa, tan recomendada siempre por el Magisterio de la Iglesia, por los Santos y los maestros de vida espiritual, es lo que de verdad ayuda a hacer de la Santa Misa el centro propulsor del día, y que toda la jornada puede convertirse en un acto de culto, centrados siempre en torno al Sagrario: ¡Jesús se ha quedado en la Hostia Santa por nosotros!: para permanecer a nuestro lado, para sostenernos, para guiarnos. – Y amor únicamente con amor se paga.
¿Cómo no habremos de acudir al Sagrario, cada día, aunque sólo sea por unos minutos, para llevarle nuestro saludo y nuestro amor de hijos y de hermanos? (Surco, n. 6865). Al Señor le agrada oír nuestras súplicas,
hablar con nosotros de corazón a corazón y ofrecernos, en el suyo, un refugio ardiente...
¡Es la hora de tratar con El! Si hay que mimar el Sagrario con ornato, limpieza, luz y cariño, ¿cómo habrá que ornamentar en esos instantes nuestro corazón? No os alejéis del templo apenas recibido el Santo Sacramento. ¿Tan importante es lo que os espera, que no podéis dedicar al Señor diez minutos para decirle
gracias? No seamos mezquinos... (J. Escrivá de Balaguer, Homilía Sacerdote para la eternidad, en cuadernos mc. N. 9, p.35.). Si han de ser éstos los momentos más preciosos de la vida espiritual, es para que prolongue en el silencio del corazón – como recoge la frase que encabeza este capítulo- esa otra acción de gracias que
es la Eucaristía. ¿Cómo dirigirnos a El, cómo hablarle, cómo comportarse?(Es Cristo que pasa, n. 92). Hacerle sitio.
En esos minutos, nuestro diálogo con Jesús debe ser particularmente íntimo, sencillo y alegre. Con sabor de doctrina viva, enseñaba, con su castellano clásico, Santa Teresa de Jesús: ... nos da lo que le pidiéramos, pues está en nuestra casa.
Y no suele su Majestad pagar mal la posada, si le hacen buen hospedaje (...) Debajo de aquel Pan está tratable... Estaos vos con El de buena gana; no perdáis tan buena sazón de negociar, como es la hora después de haber comulgado.(Camino de perfección, c. 34, n. 7-11).
Son muchas las maneras y métodos que la piedad de cada cual sabrá imaginar: Continúa con los mismos actos realizados en la Santa Misa. Recógete, evita las distracciones, el ruido, ¡pon unción!; apartado de cualquier asunto cierra la puerta de tu corazón para todo lo que no sea el Señor. ¡Procura hacerle sitio!: Cuando lo
recibas, dile: Señor, espero en Ti, te adoro, te amo, auméntame la fe. Sé el apoyo de mi debilidad. Tú que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas. (Forja, n. 832). Al lado de estos actos de fe, esperanza y caridad, si dices algunas de las oraciones que recogen los devocionarios –que
¡no lo olvides!, han santificado a generaciones de fieles en estos instantes de la acción de gracias: Te Deum, Trium puerorum, Adoro te devote, Alma de Cristo...-, considera lo que dices, quién lo dice, ¡a quien lo dices! Mete la cabeza y el corazón en el sentido de las palabras- con piedad, atención y devoción- , y procura
encontrarte a gusto con tu Dios y Señor...
Comulgar con el Señor es siempre original, único e irrepetible. En efecto, no debe “encorsetarse” en fórmulas o modos de decir establecidos –aunque tampoco se deben despreciar -; debe ser algo vivo: “el nervio de nuestro diálogo con Cristo, de la acción de gracias después de la Santa Misa, puede ser la consideración de que el Señor es, para nosotros, Rey, Médico, Maestro, Amigo” (Es Cristo que pasa, n.
929. Es buena sazón para negociar, busca ese intercambio: de corazón a Corazón, de persona a Persona, de hombre a Hombre, de criatura a Creador, de paciente a Médico, de amigo a Amigo, de discípulo a Maestro, de vasallo a Rey...
Sabiendo –sobre todo- escuchar a quien –por lo normal. Habla bajito, en el silencio interior, en la contemplación del Misterio...; y dejar que –con debilidad – sea el mismo Espíritu Santo quien se apropie del alma, la instruya, la llene de Vida.
Darle tiempo
Sentirnos sencillos y naturales, como los niños, puede ser nuestra actitud con Jesús. Para que te fijes en cuanto enseña la gente menuda, te relato algo tal como me lo contaron:
Un niño de 7 años hace su Primera Comunión. Le habían preparado muy bien.
Sus Padres, interesados en que no se distraiga al recibir al Señor, le aconsejan que pida por sus hermanos, papa, abuelitos etc. Llega el día y el pequeño comulga... Todos estaban muy emocionados. Sus Padres no quieren molestarle....
Cuando termina su madre – furiosa- le pregunta: - ¿Has pedido a Jesús por todos? - ¡Si!- le contesta-, ¡Y como me sobraba tiempo también le he contado a Jesús el cuento de caperucita roja...para que no se me fuera! ¿Para qué las prisas? El fermento en la masa necesita calma. La buena cocina exige fuego lento. Los buenos vinos se hacen con años de solera. Las grandes obras de arte se crean con mucho tiempo por delante, sin apresurar al artista. Y los alimentos necesitan el tiempo de la digestión. Cuando estos llegan al
estomago bien dispuestos, alimentan y mantienen el cuerpo; pero, si entran en este organismo en mal estado producen muchas molestias. ¡Tenlo presente! Finalizada la Santa Misa conviene estar atentos.
¡Sepamos darle tiempo al Sacramento Eucarístico para que actúe y produzca sus frutos! Sin miedo a
exagerar puedo afirmar que el diablo actúa en esos momentos metiéndonos: cansancio, nerviosismo y “prisas” ; o intranquilizándonos, dejándonos secos, insensibles, indiferentes y – especialmente- con ganas de salir.
Es la hora de reaccionar y luchar, de poner los cinco sentidos en lo que hacemos; de controlar la imaginación y la fantasía, y poner esfuerzo en ese coloquio íntimo, personal, propósitos, inspiraciones. “ Cuando tengas al Señor en tu pecho y gustes de los delirios de su amor, prométeme que te esforzaras por cambiar el
rumbo de tu vida en todo lo que sea necesario, para llevarle ala muchedumbre, que no le conoce, que anda vacía de ideales; que desgraciadamente, camina animalizada” (Forja, n. 939). Y para que te animes a ser mas agradecido: ¡Llama en tu ayuda a la Santísima Virgen, a los Ángeles, a los Santos... y te ayudaran a
cumplir con estos propósitos! ¡Ellos también darán gracias por ti! Y, en tu diario deambular, te sentirás muy agradecido con tu padre Dios y con tus reñimos los hombres.
Quien sabe dar gracias por la Eucaristía, sabrá darlas por todo. Además de demostrar buena educación, finura de espíritu, grandeza y señorío de animo, mostrará que el agradecimiento es una de las virtudes de los buenos hijos: “la mayor muestra de agradecimiento a Dios es amar apasionadamente nuestra condición de hijos suyos”. (Forja, n. 333). Lo dice la sabiduría de los refranes populares:
- Es de hijos bien nacidos, ser agradecidos.
- Sed hombre agradecido proporciona muchos amigos.
- El agradecido no olvida el bien recibido.
- A buenas obras pagan palabras buenas, cuando no hay otra moneda.
- La gratitud ennoblece, la ingratitud envilece.
- No hay eficaz virtud donde falta gratitud ...
Ser agradecidos en ese momento extraordinario de la comunión, también nos valdrá para que la gratitud informe nuestro comportamiento diario con el Señor y con los demás. La persona agradecida con Dios lo es también con quienes le rodean. Con más facilidad sabe apreciar los pequeños favores; y toda la convivencia humana estará llena de pequeños servicios mutuos.
¿Quién no recuerda cómo en los años de su infancia, cuando se le acercaba alguna persona amiga y le daba “regalitos”, lo pronto que intervenía la mamá o el papá?:
¿Cómo se dice? Y se contestaba con la sonrisa de los presentes:
- ¡Muchas gracias!
Era lo mínimo que podríamos hacer no dar gracias suele ser señal de soberbia, y es el colmo de la tacañería. ¡Y que pronto lo captamos! Decimos: -¡Ni las gracias me dio! El que esta solo a lo suyo es incapaz de dar gracias; piensa que todo le es debido. “El agradecimiento depende siempre de mi. Aún cuando somos victimas de las apreturas del dolor. ¡Cuántos tesoros hay en esta expresión, gracias! (J.
Tissot, La vida interior, 2ª parte. Lib. 2, c. VIII)
Al cuidar la recepción del mayor don, que es la Eucaristía, será así como tendremos finura y elegancia de alma; será así como demostraremos con obras que amamos; será también así como nos situaremos con la debida sensatez, ante nuestro Dios y Señor. Y podremos decirle con el autor de este verso: porque el
amor y la gala andan en mismo camino, por eso siempre a tus ojos quise mostrarme pulido.
Al contrario, situarnos con delicadeza en un clima de agradecimiento ante los demás, nos hará delicados y finos -¡pulidos! – con el Creador: contraemos amorosamente e la existencia, - creados a su imagen y semejanza- , por cuidarnos filialmente con su providencia, y por todos los beneficios que – de continuo- nos concede, hasta poder decir con San Pablo: “ ¿qué cosa tienes tu que no hayas recibido? “ (1 Cor. 4, 7).
Un trueque de amor
Enseña un principio etológico: al que pone lo que esta de su parte, Dios nunca le niega su gracia. Y,...” lo que esta de su parte” es contar con ella en toda actuación humana.
Si creemos que para ir hacia Dios basta con nuestro solo esfuerzo, y no contamos con la gracia... sino acudimos a la Fuente: si no visitamos al Señor, sino comulgamos sacramentalmente y espiritualmente, sino rendimos nuestra gratitud ante el don eucarístico, nuestra lucha por mejorar- aunque sea denodada - será
baldía.
Te rogamos, Señor que prevengas nuestras acciones con tu inspiración y que las acompañes con tu ayuda, para que así todas nuestras oraciones y obras comiencen siempre en Ti y por Ti se concluyan. (Oración, de la acción de gracias litúrgica para después de la Misa).
La desproporción entre el beneficio recibido y nuestra acción de gracias será siempre insalvable... “ ¡que deuda la tuya con tu Padre- Dios! – te ha dado el ser, la inteligencia, la voluntas...; te ha dado la gracia: el Espíritu Santo; Jesús, en la Hostia; la afiliación divina; la Santísima Virgen, Madre de Dios, Madre nuestra, te
ha dado la posibilidad de participar de participar en la Santa Misa y te concede el perdón de tus pecados, ¡tantas veces su perdón!; te ha dado dones sin cuento, algunos extraordinarios... “- Dime, Hijo: ¿cómo has correspondido? ¿Cómo correspondes?” (Forja, n. 11). ¡Qué bien caben aquí –a modo de remate los versos:
En este trueque de amor
Lo que tengo que dar,
Amado, bien lo se yo. (...)
En este trueque de amor
No es mi falta
¡es tu abundancia!
Lo que me asusta, Señor
(J.M. Pemám, Cuatro canciones místicas, 2. Antología de poesía lírica, Madrid 1969, p. 97).
La gran abundancia de Dios para con nosotros, es tal, que por muchos que nos empeñemos, nunca llegaremos a ser con El lo suficientemente agradecidos en todo somos deudores suyos. La nuestra será siempre una deuda de amor que continuará por toda la eternidad...
¡Piénsalo bien!: A lo que te invitan estas paginas es: a meterte por senderos de gratitud, que nunca tendrán fin.
COMPROMISOS:
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EL DIOS ESCONDIDO
Vere tu es Deus abscinditus...! (Isaí., 45, 15)
Llenas el Universo con tu majestad, la Historia con tu pensamiento y con tu acción, las almas con tu presencia, la Iglesia con tu palabra y con tu Eucaristía.
Estás presente en todas partes y de innumerables maneras nos rodeas, nos envuelves, nos penetras; en Ti vivimos, nos movemos y somos. Sin embargo, la mayor parte de los hombres te olvidan, muchísimos te ofenden, muchos te desconocen, muchos te niegan. ¡Verdaderamente eres un Dios escondido! ¡En
todas partes presente y en todas partes oculto!
Presente y escondido en el universo.
Los cielos cantan tu gloria, la tierra esta llena de tu Majestad, en los abismos palpita tu acción. Creador y conservador, gobernador nuestro y del Universo, en toda criatura vives, en toda criatura brilla tu luz y arde tu amor; toda criatura esta llena de ti. Y los hombres estudian el universo y apenas te encuentran: contemplan tu belleza y no descubren la tuya, y gozan de las criaturas y a Ti te olvidan. ¡Verdaderamente eres un Dios escondido! La Historia es la realización de tu pensamiento y el fruto de tu acción. Estás mas presente a la Historia que nosotros mismos. No se verifica en ella, sino lo que Tu quieres; en tus manos están los hilos complicadísimos de los acontecimientos humanos.
El fondo de la Historia son tus designios, es tu acción los hombres hacen la Historia y la escriben y la leen; mas, que pocos son los que en ella te adivinan, menos aún los que en ella te contemplan: ¿quién te mira en la Historia tal como estas ahí? Mas que en Universo y en la Historia, estas en la Escritura: Todas sus páginas se expresan, te cantan, te glorifican: bajo el velo de las palabras humanas está tu palabra, estás Tú. Pero estás escondido bajo las narraciones, bajo los consejos, bajo las promesas y los misterios. Nuestras pobres miradas tocan apenas la superficie de la Escritura: Pero su fondo que eres Tú ¿quien lo ha penetrado? ¿Quien te ha encontrado plenamente, Dios escondido en la Escritura? El hombre que poseyera la inteligencia de la Escritura olvidaría el mundo, se olvidaría a si mismo porque te encontraría a Ti, tu vida mortal se resume en estas palabras:
Vere tu es Deus abscinditus...! Escondido en el seno de María; escondido en Belén; escondido en Nazaret, en Cafarnaum y en el Tiberíades... en todos los lugares de la vida pública; escondido en Gethsemani y en el Calvario... ¿quién comprenderá debidamente cada una de estas etapas de tu divino ocultamiento?
En tu vida mística es también escondida. Vives en la Iglesia y vivirás en ella hasta el fin de los tiempos: enseñas por su boca, vivificas por su acción, sufres por sus dolores y triunfas por sus victorias. La Iglesia es Cristo. ¿Quién comprenderá el misterio de tu Iglesia, bajo las apariencias humanas que la envuelven? Perseguida y triunfante, regocijada y llorosa sujeta en cierta medida a las vicisitudes de los tiempos, tu Iglesia recorre los siglos como tu Cristo, haciendo el bien; y como a tu Cristo lo desconoció el mundo, así desconoce a tu Iglesia. En medio de vosotros está a quien no conocéis, puede decirse al hombre, a las naciones.
Aún los mismos cristianos no todos penetran en misterio de la Iglesia, no todos saben hasta que punto vives en ella. Vere tu es Deus abscinditus...!
Y ¿dónde mas presente que en la Eucaristía mas perfectamente que ahí solo estás en el cielo. Tu Eucaristía es el resumen de todas tus presencias, porque es el compendio de todos los excesos de tu amor.
Ahí están todos los recuerdos de la vida mortal de Cristo: ahí la sustancia de su vida mortal; glorioso, ahí todos los tesoros de su vida divina. ¡Oh Dios! ¡Dios presente! ¡Dios que vives en nuestros tabernáculos que te posas en nuestros labios que haces de nuestro corazón un cielo! ¿Quien hubiera soñado un Dios
como tu, que excedes la inmensidad en nuestros deseos, la audacia de nuestra esperanza, la locura de nuestro amor? En la Eucaristía te tocamos, te comemos, nos convertimos en ti; eres nuestra posesión, nuestro alimento, nuestra vida.
¿Puedes estar más presente a nosotros?
Y sin embargo, en ninguna parte mas escondido que en la Eucaristía.
Cuando me acerco a tu Tabernáculo en mis sentidos buscan en vano una señal o indicio de tu presencia soberana, cuando te miro allí silencioso como en el seno de Maria, inmóvil como en el sepulcro, impotente e inmolado como en la Cruz; cuando veo en el Sagrario realizadas las palabras de Tomas de Aquino: “In Cruce
latebat sola Deitas, at hic latet simul et humanistas”, ¡Oh Dios de amor! ¡Oh Cordero inmolado! Entreveo yo no sé qué misterios pronuncian las arcanas palabras. Vere tu es Deus abscinditus...!
Hasta el cielo, tu suprema y gloriosa Epifanía, hasta en el cielo eres un Dios escondido, no ciertamente para los ángeles que te alaban ni para los que te gozan; pero sí para los que peregrinamos por el desierto de este mundo suspirando por Ti. Buscándote entre nieblas sagradas de la esperanza.
¡Oh Dios siempre presente y siempre escondido! ¡Dichosas las almas que te buscan , más dichosas las que te encuentran y te gozan en el secreto de tu dulce presencia!.
Más siento la necesidad de meditar algo que me toca muy de cerca.
Yo no soy una criatura como las demás, puesto que Dios puso en mí un alma que es el soplo de su boca, un alma comprada con la Sangre de Cristo y hermoseada con los dones del Espíritu Santo; tengo un lugar especial en el pensamiento de Dios, ocupo un puesto de honor en su Corazón, soy objeto singular de su
Providencia y de su acción.
Dios está singularmente presente en mi vida y en mi alma; Dios es para mí un Dios presente y escondido.
Ni un solo instante deja de tocarme la acción de Dios, no solamente la acción poderosa que conserva y mueve a toda criatura, sino sobre todo la acción amorosísima que me va guiando por senderos ocultos hacia mi perfección y mi felicidad.
Yo no comprendo cuánto me ama Dios, y cuán inmenso y constante y activo es el amor que me tiene. Ni un instante deja de atraerme hacia El con la fuerza de su amor de predilección.
Mi vida con sus alternativas de gozos y penas, de temores y esperanzas, de actividad y reposo; mi vida con sus variables e innumerables circunstancias es la obra de Dios, es el fruto de su amor. Nada hay en mi vida que El no prevea, dirija y disponga hacia mi bien. Solamente cuando me aparto de El por el pecado, mi
vida no es fruto de su acción; pero hasta mis faltas las permite Dios, y apenas pasa la escena de abominación, Dios se acerca de nuevo a mi alma para convertirla y reparar los daños que en ella causó el pecado.
Bajo todos los acontecimientos exteriores de mi vida, Dios está siempre presente y escondido. Las alegrías y los dolores son igualmente mensajeros de Dios que vienen a realizar en mi alma la obra de su amor, son los instrumentos de su acción, los velos bajo los cuales se encubre su presencia.
¡Si descubriera sin cesar a este Dios escondido en mi propia vida! ¡Si me dejara siempre conducir por su mano amorosa! ¡Mi vida sería su acción, mi alma un templo, yo un santo!
Pero hay algo todavía más profundo y más dulce por ser más amoroso. ¡Dios está escondido en mi alma! ¡En el centro de mi alma, en lo más interior de mi corazón! ¡Escondido como en su templo, como en su tabernáculo! ¡Con una presencia que no es de suyo efímera sino eterna! ¡Con una presencia y ocultamiento de amor! ¡Presente porque ama, escondido también porque ama! Sólo una cosa puede disipar esa presencia, turbar esa dicha: el pecado. Mientras está en mi alma la gracia, aunque sea el grado inferior de ella, Dios está
escondido en mí, y esa presencia la puedo aumentar todos los días, la puedo aumentar a cada instante; a manera del sol que, presente a la tierra desde que nace en el oriente, va haciéndose más y más presente hasta legar el medio día.
“ Si quis diligit me, sermonem meum servabit: et Pater meus diliget cum et ad eum veniemus, et mansionem apud eum faciemus
- Si alguno me ama, guardará mis palabras; y mi Padre le amará, y vendremos a Él, y en Él estableceremos nuestra morada”.
¡Qué palabra! Si tuviéramos fe como un grano de mostaza, esta palabra bastaría para hacernos santos y para hacernos felices: Si comprendiéramos esta presencia, nuestro corazón sería un templo; más, sería un cielo.
Nuestras almas son los verdaderos templos de Dios. El Sagrario es solamente un lugar de espera. Jesús está allí porque sabe que iremos a buscarlo. Los sagrarios que El busca y ambiciona son los sagrarios vivientes y amorosos de las almas. En ellas establece su morada y aún su presencia sacramental; cierto que esta última
no es en nuestras almas duradera; pero su presencia de amor y de gracia, si nosotros no lo impedimos, es eterna.
¡Oh Dios escondido en nuestras almas!
Dios vive en nosotros más íntimamente presente a nosotros que nosotros mismos.
¿Por qué, pues, desconocemos tu presencia? ¿Por qué te abandonamos? ¿Por qué no vivimos de amor, de adoración en el íntimo santuario de nuestra alma? ¡Andamos buscando a Dios y lo llevamos en nosotros! ¡Andamos buscando a Dios y lo llevamos en nosotros! ¡Andamos buscando a Dios y lo llevamos en nosotros!
¡Andamos buscando la Dicha y la Dicha en nosotros está! Si Dios es un Dios escondido, hay que buscarlo como se busca un rico tesoro; y los que lo encuentran, encuentran la vida, la vida que lo encierra todo: luz, pureza, amor, dicha, inmortalidad.
Si hay tan pocos que encuentran a Dios es porque muy pocos lo buscan. La sabiduría, dicen los Libros santos, se deja ver fácilmente de aquellos que la aman y es hablada; por aquellos que la buscan.
¡Qué pocos son los que buscan a Dios! Vivir en este mundo es buscar, y buscar algo escondido que nuestro espíritu presiente y ambiciona. El cielo es la patria de la posesión; allá poseer es vivir. En el destierro se posee muy poco y mucho se desea; en el destierro vivir es buscar. Todos buscamos: unos las riquezas, otros
los honores; éstos suspiran por la gloria, aquellos por la ciencia; quienes se abrasan en deseos placenteros, quienes sueñan en el amor; todos buscan la felicidad.
¿Quiénes te buscan a Ti, Dios escondido, que eres para quien te halla riqueza infinita, gloria Purísima, amor inenarrable, gozo cumplido e inefable felicidad?
Todo el que busca encuentra: los que buscan las criaturas la encuentran, esto es, encuentran decepción y miseria. Los que se buscan a sí mismos se encuentran también, encuentran el vació y la nada; porque toda criatura, y nosotros entre ellas, somos vanidad...
¡Ingrata tarea la de buscar la nada! ¡Agitarnos, cansarnos, sufrir y morir por encontrar la vanidad y la mentira! ¿No es ésta la vida de la mayor parte de los hombres? ¡Con razón es tan infeliz la humanidad!
No buscan al Dios escondido, fuente de aguas vivas, sino que buscan a las criaturas, o se buscan a sí mismos, verdaderas cisternas rotas que no pueden contener agua. “fili hominum, usquequo gravi corde? Ut quid diligitis vanitatem et quaeritis mendacium? Hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis de corazón tardo? ¿Por qué amáis la vanidad y vais en pos de la mentira? “ Hasta cuando pensamos buscara Dios nos buscamos a nosotros mismos; hasta en la oración buscamos el consuelo; hasta mortificándonos buscamos nuestra
satisfacción; hasta obrando el bien buscamos la vanidad. ¿Quién busca verdaderamente al Dios escondido? ¿Quién lo encuentra? Dejemos de buscar a las criaturas, dejemos de buscarnos a nosotros mimos y busquemos a Dios; porque no podemos vivir sin buscar. Cuando dejemos a las criaturas y a nosotros
mismos, entonces se orientará nuestro corazón hacia Dios, buscaremos a Dios, y quien lo busca lo encuentra.
COMPROMISOS:
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CÓMO SE CONSUELA A JESUS
(1ª Parte)
Cuando reflexionamos en ese deber dulcísimo que tenemos de consolar a Nuestro Señor, nos imaginamos luego a un padre que sufre y a sus hijos que se acercan a él, que lo acarician, que le dicen palabras de ternura, que enjugan sus lágrimas y con su amor le hacen olvidar su pena. “Y así, -piensan las almas amantes-, debemos ser con Jesús. El sufre dolores incomprensibles, pero nosotras compartiremos sus penas, enjugaremos sus lágrimas y con nuestra ternura le haremos olvidar las ingratitudes con que los hombres hieren su Corazón amantísimo”. Y esto excita su generosidad y las hace valerosas y fuertes para arrastra todos los sacrificios, con tal de proporcionar algún consuelo al Corazón dolorido de Cristo Nuestro Señor.
Sin embargo, por hermosos que esto parezca, si las almas se detienen aquí, no han acabado de comprender lo que en el fondo significa consolar a Jesús, no han considerado esta misión tan elevada sino superficialmente. No, Nuestro señor quiere algo mas hondo, pide algo mas trascendental. Por eso quiero en este capítulo, con la gracia de Dios ahondar en este misterio –cómo se consuela a Jesús-, para que las almas que experimentan este atractivo, comprendan mejor su vocación.
Dos maneras hay de consolar; una a la manera humana, otra a la manera divina.
El consuelo humano es exterior, superficial y por consiguiente imperfecto. Exterior, porque no podemos penetrar en el corazón del que sufre y sólo exteriormente le manifestamos los motivos que encuentra nuestro pobre entendimiento para consolarlo, y exteriores son también aunque sean sinceras las demostraciones de afecto, de compasión, de condolencia. A las veces parece que los consuelos
humanos, superándose a sí mismos, como llegan hasta el corazón; pero esto es algo raro y pasajero.
Además, el consuelo humano, sobre todo en ciertos dolores, es forzosamente impotente: ¿qué podemos dar a quien ha perdido un bien inmenso? Sin duda damos algo, pero tan poca cosa, que no guarda proporción el bien perdido con que ofrecemos, como si a una persona que acaba de perder una joya riquísima le
diéramos para consolarla unas cuantas monedas de cobre.
El verdadero consuelo es el consuelo a lo divino. El consolador por excelencia es nada menos que el Espíritu Santo. Es el modelo supremo: como El consuela, así debemos nosotros tratar de consolar al Corazón de Jesús. Sin duda alguna que es un modelo magnífico de alma consoladora Santa Margarita María de Alacoque,
puesto que nuestro Señor mismo la escogió para esta misión de intimidad y de amor; lo es también Santa Teresa del Niño de Jesús que desde la edad de tres años no negó a Nuestro Señor sacrificio alguno; lo es sobre todo y por encima de todos los santos, la Santísima Virgen. Pero el modelo supremo, lo repito es el
Paráclito, al que la Liturgia llama “Consolator oprime”, el Espíritu Santo.
Por eso, para saber cómo debemos consolar al Corazón de Jesús, analicemos cómo es el consuelo divino, es decir, cómo consuela el Espíritu Santo. Y podemos analizarlo, porque alguna vez lo hemos recibido: ¿quién no ha recibido alguna vez el consuelo divino, el consuelo del Espíritu Santo?
Desde luego, el consuelo del Espíritu Santo no es exterior, sino íntimo. Cuando recibimos ese consuelo, no necesitamos abrir los ojos no los oídos para recoger de fuera lo que nos ha de consolar. Al contrario, cerramos los ojos y los oídos, nos concentramos dentro de nosotros mismos y en lo íntimo del corazón encontramos el consuelo divino.
Ese consuelo no es superficial, siempre es hondo; no es efímero y pasajero, sino constante y permanente. Para comprenderlo, es necesario que nos demos cuenta por qué se llama “Consolador” al Espíritu Santo.
Sin duda alguna que de cuando en cuando, el Espíritu Santo hace brillar un rayo de luz celestial en nuestro espíritu; de cuando en cuando hace palpitar nuestro corazón con algún afecto santo; y a las veces parece que nos levanta de la tierra y nos hace paladear la bienaventuranza del cielo. Pero no creo que precisamente
por estos consuelos se llame al Espíritu Santo Consolador; porque, de una parte, estos consuelos son esencialmente transitorios; y de otra, hay almas amadísimas de Dios a las que se les escatima por largas temporadas. Ahí tenemos a Santa Teresa de Jesús: ¡cuántos años duró la dulce virgen en una desolación absoluta, oscurísima, terrible! ¿No la consolaba a ella el Espíritu Santo?
No, no son esos consuelos por los que el Espíritu Santo se llama Consolador; aparte de ellos debe haber un consuelo fundamental que el Espíritu Santo derrame en todas las almas que lo poseen.
El supremo mal por el que necesitamos ser consolados en que no poseemos plenamente a Dios. Mientras vivimos en el destierro, sentimos el deseo ardiente, el ansia inmensa de poseerlo. A las veces tratamos de distraernos con las cosas de la tierra para no sentir esa pena hondísima que llevamos en el alma; pero cuando
esas cosas que nos distraen desaparecen, cuando nos damos cuenta de nuestra verdadera situación, tenemos que exclamar con el salmista: “Heu mihi quia incolatus meus prolongatus est” ¡ Ay de mí, porque se ha prolongado mi destierro!
O con San Pablo : “Desiderium habens disolvi et ese cum Cristo! - ¡Tengo ansia de morir para estar con Cristo! O con Sta. Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero, que muero porque no muero”.
La pena por la que necesitamos consuelo es, lo repito, porque no poseemos a Dios. Y el Espíritu Santo es nuestro Consolador, porque mientras se prolonga nuestro desierto nos da a Dios de la manera como podemos recibirlo y poseerlo en la tierra, nos da “sperandarum substantia rerum” – la sustancia misma de las
cosas que esperamos , como dice el Apóstol, fabrica por decirlo así en nuestro corazón un cielo, mientras llega el eterno. Por eso es el “Consolador”.
De manera que su consuelo no solamente es íntimo sino que es constante y permanente, es pleno y perfecto: nos da lo que suspiramos y nos lo da, por su parte, de una manera definitiva y para siempre. Sin duda que no con todos los esplendores que tiene en la otra vida; pero en sustancia, toda alma que vive la
vida espiritual y sobre todo la vida perfecta lleva ya el cielo en su corazón.
Pues bien, así como el Espíritu Santo nos consuela, así nosotros debemos esforzarnos en consolar al Corazón de Cristo Nuestro Señor.
Se me replicará desde luego: ¡Eso es imposible! ¡Como si aun pigmeo se le confiara una empresa gigante! – Nos equivocamos; porque si no contáramos con el Espíritu Santo, si no lo poseyéramos en nuestro corazón, sin duda que sería imposible dar una gota de consuelo al Corazón de Jesús y que había que desistir
de esa empresa como de una empresa absurda; pero lo poseemos, Jesucristo nos lo dio, como fruto de su Pasión y de su muerte, el día de Pentecostés, y desde ese día el Espíritu se derrama sobre toda carne, llena toda la tierra y lo llevamos en nuestras entrañas como una fuente inagotable. Y quien posee al Espíritu Santo
puede consolar como El.
O bien, puedo servirme de otra fórmula: el único que puede consolar al Corazón de Jesús es el Espíritu Santo El fue el Paráclito de Cristo, su Consolador durante los 33 años de su vida mortal, y sigue siendo ahora el único que sabe y puede consolarlo. Pero, el Espíritu Santo quiere tomar a las almas como instrumentos y
servirse de ellas para consolar al Corazón de Nuestro Señor. Consideradas así las cosas, ¿quién no ve esa misión no es imposible?
Sin duda que como instrumentos tan imperfectos que somos, podemos echar a perder un poco la acción del Espíritu Santo; pero Él es un artista tan genial que su virtud supera la mezquindad del instrumento.
Pero no nos detengamos en estas generalidades, aunque profundas y que nos abrirán vastos horizontes; es necesario, con la gracia de Dios, ahondar más este misterio.
COMPROMISOS:
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CÓMO SE CONSUELA A JESÚS
(2da. Parte)
Para comprender cuál es ese consuelo que debemos ofrecer a Nuestro Señor, comencemos por analizar la idea de consuelo. ¿Qué es consolar? Consolar es dar algún bien a cambio del que se ha perdido o
del que se espera todavía. Cuado el bien que se ha perdido o que se espera es un bien pequeño, el consuelo es cosa fácil. Por eso es muy fácil consolar a un niño porque el bien que suele perder es una bagatela: una golosina, un juguete.
Cuando un hombre pierde toda su fortuna, es más difícil consolarlo; pero, después de todo, las riquezas de este mundo son también una pequeñez y podemos consolarlo o dándole la esperanza y aún la oportunidad de adquirir nuevas riquezas, o dándole un bien espiritual o de otro orden que lo haga olvidar el bien
que perdió. Cuando se trata de bienes más elevados, la dificultad del consuelo crece en proporción. ¡Que difícil es, por ejemplo consolar al que ha perdido a su madre! Porque ¿qué bien se puede dar que pueda compararse con el que se ha perdido?
También es necesario el consuelo cuando no se puede conseguir lo que anhela.
Quien ama, quien ardor y profundidad, en tanto que no llega a la posesión del bien amado, sufre, y tanto más cuanto más grande es su amor. Y para que espere con fortaleza la satisfacción de sus deseos , podemos consolarlo, dándole otro bien o dándole la seguridad de que se alcanzará lo que ambiciona su corazón.
Siendo esto así, ¿qué sentido tiene consolar a Jesús? ¿qué bienes ha perdido o cuáles puede desear que no posea ya, para que necesite consuelo?
Porque El lo ha perdido. Lo pidió a Santa Margarita de Alacoque, y hay una frase en la Sagrada Escritura que la Santa Iglesia pone en sus labios: “ Improperium expextavit cormeum et miseriam, et sustinui qui simul mecum contristaretur et non fuit; et qui consolaretur et non inveni -El oprobio ha herido mi corazón y la miseria y he esperado quien se compadeciera de mí y no le hubo: y quien me consolará y no le halle”. Indudablemente Jesús nos pide consuelo.
Pero, una vez más, ¿qué ha perdido o qué desea para que busque consuelo? ¿Suspirará como nosotros por la Patria eterna? No, la posee plenamente; está sentado a la diestra del Padre, coronado de gloria y de honor. Jesús no necesita nada: no solamente posee a Dios, sino que es Dios, es Rey de cielos y tierra y a
su nombre toda rodilla se dobla en el cielo y en la tierra y en los infiernos, y toda la creación no cesa de entonar aquel cántico del Apocalipsis: “Sedenti in throno et Agno: benedictio, et honor, et glroria, et potestas in saecula saeculorum”.
Pero si Jesús en el cielo lo tiene todo, en la tierra le falta mucho, porque los deseos de su Corazón no están colmados.
¿Qué es lo que El desea? Completar su Cuerpo místico, llegar a la plenitud de su estatura: “in mensuram aetatis plenitudinis Christi”. Quiere que las almas se unan a El, vivan de su vida y se pongan al unísono de sus sentimientos para que, tomando todas esas almas y presentándolas al Padre celestial como el trofeo de
su victoria, el Padre sea glorificado y se santifiquen las almas. Dice la Escritura que subiendo a las alturas llevó consigo cautiva a la cautividad, es decir a la humanidad toda, pintándonos a Jesucristo en su Ascensión como un triunfador excelso cuyo cortejo está formado por los mismos que venció, según las antiguas costumbres guerreras: “Ascendens in altum captivan duxit captivitatem”. Este triunfo, sin embargo, en cierto sentido es incompleto; vendrá a completarse hasta el último día de los tiempos en que el último de los predestinados sea arrebatado por El a los cielos.
Los deseos de Jesús son que la humanidad entera se acoja y congregue bajo las alas de su amor, en una perfecta unión vital, para que se establezca y consume sobre la tierra el reino de Dios.
Y mientras estos deseos no se satisfagan, mientras estos designios no se realicen, Jesús, en su ardor insaciable, en su impaciencia divina, necesita y espera nuestros consuelos, mientras su triunfo es definitivo y su dicha completa.
Porque es muy común que las almas crean que Jesús necesita consuelo únicamente por las ofensas que recibe; no se dan cuenta de que también lo necesita por sus deseos insatisfechos. ¿No es un dolor íntimo, un deseo profundo insaciable? Así pues, Jesús necesita que lo consolemos por las ofensas que
recibe y por sus deseos colmados.
Y desde luego hay un consuelo, por decirlo así, personal, que debemos ofrecer a Nuestro Señor: el de nuestra propia santificación; porque El anhela vehemente que cada uno de nosotros se una íntimamente con El, pero sin límites, sin reserva, quiere poseer todo nuestro corazón.
Cada corazón que, quitando todos los obstáculos se le entrega, es un consuelo, porque es un deseo que se colma. Consolar a Jesús tiene, este primer sentido: entregarle totalmente el corazón. Es el consuelo de amor.
En el mundo, ¡cuánto sufre el que verdaderamente ama y no es correspondido o lo es solamente a medias! ¿Qué sufrirá entonces Nuestro Señor que nos ama incomparablemente más que todos los amantes de la tierra y que anhela que seamos una sola cosa con El, como El y el Padre son una misma cosa en la
unidad del Espíritu Santo?
Pero, ¡cuantos estorbos tenemos! En medio de nuestra miseria, hay ciertos momentos deliciosos de nuestra vida en que sentimos que Jesús se acerca... una ráfaga de luz inunda el espíritu y un ardor dulcísimo calienta el corazón... ¡Pero cuántas veces, en medio de nuestra dicha, sentimos que aquello no es completo,
que no nos podemos unir como quisiéramos, como Jesús quiere sobre todo, porque tenemos muchos estorbos que lo impiden! ¡Y qué importa que esos estorbos no sean grandes, si de todos modos impiden la perfecta unión! Pasa lo que en las máquinas de precisión donde los ajustes y engranajes deben ser
perfectos: un polvillo basta para impedir que funcionen bien. También nuestra unión con Dios es algo preciso y finísimo, y cualquier polvillo, cualquier apego por insignificante que parezca, puede estorbarla.
Brindémosle, pues, este primer consuelo, de entregarle el corazón plenamente, sin reservas y sin límites.
El segundo consuelo que espera de nosotros es que, de tal manera entremos en sus miras y en sus designios, que trabajemos en la misma empresa en la El trabaja y nos sacrifiquemos por el mismo fin por el que El se sacrifica: la salvación y santificación de las almas. Por colmado que fuera el deseo que Jesús tiene de nuestra santificación, ¡cuantos otros deseos no satisfechos quedan en su corazón divino! Imaginémonos un rey que ambiciona llevar a cabo una gran conquista y que mientras no la realiza está sumiendo vivamente. ¿La manera de consolar a este rey no sería que sus vasallos fieles pusieran a su disposición su fortuna, sus
propias personas y sus mismas vidas? Ahora bien, no ha habido en el corazón de conquistador alguno las inmensas ambiciones que hay en el Corazón de Jesús. Si alguna vez nos hemos asomado a ese abismo, habremos visto hervir ahí, como la lava de un volcán en erupción, los deseos incontenibles que tiene de que todas las almas se salven y se santifiquen.
¡Que consuelo para El si cada una de nuestras almas le dice: “Señor ha vislumbrado la empresa divina que has concebido y aquí estoy para ayudarte; y puesto que las almas se purifican y salvan por el dolor, quiero sufrir y ser víctima contigo, que eres la Víctima suprema. En adelante tu destino será mi destino; quiero que una misma lanza traspase tu Corazón y el mío, que unas mismas espinas desgarren los dos corazones, que una misma cruz los corone. Aquí me tienes: en mi pequeñez me uno a Ti para realizar contigo la empresa colosal de salvar al mundo!”
Pero todavía queda otro matiz en el consuelo; porque hay almas en las que ha fracasado y fracasará el amor de Jesús. Así lo vio en Getsemaní y esa pena torturó hasta lo más profundo de su alma. Quizá este dolor fue el que le arrancó aquel grito de angustia: “¡Padre, si es posible, pase de Mí este cáliz! ...” ¡Muchas,
muchas almas se habrán de condenar a pesar de su sacrificio, a pesar de su amor, a pesar de sus divinos esfuerzos! Y Jesús lleva en su Corazón esa herida profunda y al parecer incurable...
Y aún en las almas que se salvan ¿no lleva Jesús otra herida, la herida de la ingratitud, la herida del pecado? Sin duda que El se dará la divina satisfacción de borrar con su sangre los pecados; pero es no quita que esos pecados hayan existido, y se hayan levantado contra la gloria de Dios, y hayan sido una ofensa a su Padre celestial, y hayan manchado las almas y herido su Corazón con innoble ingratitud...
Y ¿ cómo se consuelan esos dolores inconsolables? -Compartiéndolos, sufriendo con el que sufre, mezclando nuestras lágrimas con sus lágrimas. No podemos arrancar el dardo que hiere a ese corazón divino ni secar el veneno de sus lágrimas; pero sí podemos compartir sus dolores y amargar nuestro corazón con una gota siquiera de amargura... Así pues, el consuelo que debemos ofrecer a Nuestro Señor tiene tres aspectos,
tres matices –que corresponden a los tres aspectos, o los tres matices que tiene el dolor de Jesús que debemos consolar.
Consolar a Jesús significa desde luego entregarle el propio corazón sin reservas y para siempre.
Consolar a Jesús es ofrecernos como víctimas con El para trabajar en su empresa y ayudarle a que se realicen sus deseos de salvar y santificar a las almas.
Consolar a Jesús es compartir sus dolores íntimos, es pedirle una astilla de la cruz que leva clavada en su Corazón para clavarla en el nuestro.
Consolar a Jesús es pues una empresa grandiosa, ardua, pero nobilísima, santa, divina, y muy dulce para el corazón que lo ama.
COMPROMISOS:
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LA VISITA AL SANTÍSIMO
No dejes la Visita al Santísimo.
- Luego de la oración vocal que acostumbres, di a Jesús, realmente presente en el Sagrario, las preocupaciones de la jornada. – Y tendrás luces y ánimo par tu vida de cristiano.
(Camino, n. 554)
Me decidí a redactar a estas páginas al comprobar un día lo poco que les decía el Sagrario a varios jóvenes, que vi cómo deambulaban –con un desenfado casi insultante- por el interior de un templo. Esto me recordó a otro grupo de excursionistas, que, en actitud de curiosidad ansiosa por verlo todo, se acercó a
una iglesia. Un hermoso templo ojival del período de transición del románico al gótico. El cura que la atendía –él fue quien me lo contó- , se encontraba en el pórtico. Uno del grupo le preguntó: -¿Qué es lo que hay de más valor en esta iglesia? ¿Algo que sea digno de visitar? Sin vacilar ni dudarlo, el sacerdote les dijo:
-¡Vengan!
Y entro en la Iglesia, seguido del grupo que ya se felicitaba porque el mismo señor cura hiciese de cicerone; se dirigió a la pila del agua bendita y ofreció agua a dos de ellos. El resto hizo lo mismo. Nada más al entrar ya habían comenzado a mirar a derecha e izquierda, arriba y abajo. Se oían ya los inevitables comentarios: ¡Qué
bonita!, ¡qué columnas!; ¡fijaos que ojivas tan amplias..., y los capiteles –decía el que las daba de entendido – en esta época son de fauna mitológica, no son ya de flora!
-¡Vengan, vengan! – Les dijo el sacerdote en voz muy baja- Vamos al altar mayor.
El hombre es fácil a la imitación, y entendieron muy bien. Cesaron de hablar, al menos del modo tan ostensible como lo venían haciendo. Al llegar al altar mayor, el improvisado cicerone saludó con una genuflexión. Todos, unos mejor y otros peor, también hicieron su genuflexión. Todos, unos mejor y otros peor, también hicieron su genuflexión. Todos, unos mejor y otros peor, también hicieron su genuflexión.
Luego, el señor cura se arrodilló y –medio volviéndose-, les señaló la Sagrario:
-¡Aquí tienen! ¡Esto es lo más valioso que tenemos en la Iglesia! ¡Aquí está el Señor!
Los excursionistas tardaron unos segundos en reaccionar. No se si les parecería que se les estaba tomando el pelo. El caso es que se fueron arrodillando –uno tras otro-, y me imagino que, quien más quien menos, rezaría algo al Señor. Eso sí, nadie se levanto hasta que lo hizo el sacerdote.
Sí, claro, luego les explicó –siempre en voz baja y respetuosa para con la Casa del Señor-, los otros valores artísticos del templo.
Junto a la lección de arte, aquellos turistas recibieron una sencilla y maravillosa lección de fe y de piedad. ¡Cuánto bien podemos hacer todos en este sentido! ¿Te animas tú a buscarle en ese escondite que es el Sagrario de nuestras Iglesias? “Ahí lo tienes: es Rey de Reyes y Señor de Señores. – Está escondido
en el Pan. Se humilló hasta esos extremos por amor a ti”. (Camino n. 538)
Ahí está Jesús
De aquella visita turística este buen sacerdote se sirvió para inculcarles el respeto y veneración ante lo sagrado, y para descubrirles, de un modo gráfico, que –ante todo- en un templo católico a quien hay que dar la primacía es al Señor. Recuerdo también aquel cartel -¿aún seguirá puesto? –que se leía en el pórtico de la iglesia:
¡Turista! Visite Sacedón.
Tiene usted derecho a visitar esta iglesia a la hora que quiera.
¡En ella encontrará a Jesús Sacramentado en el Sagrario! Que es lo más bello que tenemos, y lo más grande...; y también lo más solo y olvidado.
Cuando te encuentres cerca del Sagrario, piensa: ¡Ahí esta Jesús! Y desde ahí te ve, te oye, te llama, ¡te ama! Acude perseverantemente ante el Sagrario, de modo físico o con el corazón, para sentirse seguro, para sentirse sereno: pero también para sentirse amado... ¡y para amar! (Forja, n. 837). Y en tus idas y venidas –entre el tráfico- experimentarás positivamente el interrogante de Camino: ¿No te alegra si has descubierto en tu camino habitual por las calles de la urbe ¡otro Sagrario!? (n. 2709. Y al entrar en un templo católico, con tu fe encendida en la presencia real de Jesús en tantos Sagrarios, apreciarás el profundo valor que tiene todo el arte, y el contrasentido de las visitas turísticas que, deteniéndose admiradas ante tanta muestra artística que abunda en las iglesias, en cambio, pasan distraídamente por delante del Sagrario. Ignoran, sin duda, que el arte ha sido puesto allí en función de la belleza de Dios y de la presencia eminente y real de
Cristo. Incluso humanamente, si no se tiene esto en cuenta es difícil colocarse en la perspectiva del artista.
Cuando te llenes de Cultura Eucarística, te convencerás que primero es el Señor de la Casa; secundariamente, las muestras de arte hechas con cariño que generaciones de cristianos han dejado allí: signos de su amor y de su adoración a Jesús Sacramentado.
Te espera
Así se explica que la fe que movía a construir los templos por todo el globo terráqueo, a lo largo de la historia de la Iglesia, -muchísimos de ellos jalonan la historia del arte-, vistos desde la fe, todo su esplendor artístico era lo menos que podía hacerse para la Casa de Dios. Y el arte de tantas almas enamoradas, se hacia primor de oro cuando llegaba al Sagrario; pues, ante la finura y grandeza del Misterio Eucarístico, sólo cabe corresponder con la grandeza del detalle.
Hay una urbanidad de la piedad. Apréndela. –Dan pena esos hombres piadoso, que no saben asistir a Misa –aunque la oigan a diario-, ni santiguarse – hacen unos raros garabatos, llenos de precipitación-, ni hincar la rodilla ante el Sagrario -sus genuflexiones ridículas parecen una burla- , ni inclinar reverentemente la cabeza ante una imagen de la Señora (Camino , n. 541). ¡Pon interés en aprender pronto estas finuras de amor! ¿Quién fue el que dijo: el colmo de la vulgaridad es estar ante lo sublime y no enterarse.
Por desgracia, abundan quienes adoptan ante el Santísimo –incluso personas muy creyentes -, hostilidad, indiferencia, incomprensión, irreverencia. Con la Eucaristía corremos el peligro –al menos en la práctica- de dejarnos llevar por la rutina, de “acostumbrarnos” a considerar las realidades más sagradas y trascendentes con visión superficial. La frecuencia con que visitamos al Señor está en función de dos factores: fe y corazón; ver la verdad y amarla”.
Para el alma cristiana el Sagrario tiene que ser como un potente imán que le atrae hacia sí. Yante una fuerza atractiva tal – que, además, es eminentemente amorosa-, no se obra bien cuando no se ponen los medios adecuados para que se produzca el encuentro. En las relaciones humanas se cuida mucho el trato entre
las personas; muchas veces puede ser testigo de cómo la familia militar – continuamente- está pendiente de las salutaciones, como se dice en Surco: ¿Has visto la escena, - Un sargento cualquiera o un alfereciílla con poco mando... ; de frente, se acerca un recluta bien plantado , de incomparables mejores condiciones
que los oficiales, y no falta el saludo ni la contestación.
Medita en el contraste. –Desde el Sagrario de esa iglesia, Cristo –perfecto Dios, perfecto Hombre-, que ha muerto por ti en la Cruz, y que te da todos los bienes que necesitas..., se te acerca. Y tú, pasas sin fijarte (n. 687)... ¡Es el Señor! ¡El Amo del mundo...! Aquel por el cual: todo fue hecho por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho. (Ioh 1,3). ¡Es el mismo! ¡Y te espera!: Cuando te acercas al Sagrario piensa que ¡El!... te espera desde hace veinte siglos. (Camino, n. 537)... ¡Y que espera más amorosa la suya!
Cosa de enamorados
Cuenta André Frossard cómo un día descubrió, entre los muros de una capilla, hendida de repente por la luz, el amor desconocido por el que se ama y se respira: ¡Dios mío! Entro en tus iglesias desiertas... Nunca se ve a nadie en este lugar tranquilo... Veo a los lejos, vacilar en la penumbra, la lamparilla roja de tus sagrarios y recuerdo mi alegría... (cfr ¿Hay otro mundo?, p. 11) Este gran convertido, que tiene especial amistad con Juan Pablo II, rememora –con gratitudque aprendió ante un Sagrario, que el hombre no está solo, que una invisible presencia le atraviesa, le rodea y le espera; que más allá de los sentidos y de la imaginación existe otro mundo...
¡Estamos rodeados por la presencia sacramental del Señor! Recuerdo haber tenido en mis manos un plano de un gran capital. En él se daba primacía a los templos, señalados en el papel con una cruz. Servía para orientarse y situarse ante las iglesias más cercanas. Cuando se pensaba que en todos estos puntos
estaba el Señor Sacramentado, las cruces parecían luceros indicativos...
Podríamos hacer un mapa, no de una ciudad, sino del mundo entero, señalando todos los Sagrarios de la tierra; como dijo en una ocasión el Papa Pablo VI: Hemos de poner esfuerzo en descubrir el maravillosos misterio de los innumerables tabernáculos que forman constelaciones de luz visibles sólo a los ángeles y a los creyentes cubriendo la faz de la tierra. (cfr. Homilía, 11- VI- 1965).
Es una lástima que se nos pase esta realidad maravillosa. ¡Tratemos de ser menos insensibles, menos indiferentes! ¡Hagamos por adquirir el hábito de orientarnos hacia los Sagrarios! ¡Vayamos hacia Él con diligencia! Si pasas cerca, aunque lleves prisa, no dejes de entrar a saludarle: Asoma muchas veces la cabeza al oratorio, para decirle a Jesús:... me abandono en tus brazos.
- Deja a sus pies lo que tienes: ¡tus miserias!
- De este modo, a pesar de la turbamulta de cosas que llevas detrás de ti, nunca me perderás la paz. (Forja, n. 306).
Recuerdo a aquellos novios que querían a rabiar. El, por su trabajo, tenía que estar mucho en la calle. Ella, trabaja cerca del lugar por donde él debía pasar. Pues..., caminaba dos manzanas más, no sólo para pasar más cerca de donde ella estaba, sino para buscar ocasión de verla y saludarla de alguna manera, aunque fuese a distancia.
¿Pequeñeces? , ¿Tonterías? Son cosas que solamente entienden los enamorados. Con el Señor hemos de hacer lo mismo: si hace falta caminamos dos o más manzanas para pasar cerca de Él, y tener ocasión de saludarle y decirle algo. Sin embargo, en tantas ocasiones, tú cruzas de largo, sin esbozar ni un breve saludo de simple cortesía, como haces con cualquier persona conocida que encuentras al paso.
COMPROMISOS:
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CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS.
Punto I.- ¿Qué es? Motivos para hacerla.
I.- El amor reparador y glorificador al Corazón de Jesús conduce suave y eficazmente a darle todo nuestro ser y poseer con una consagración entera y perpetua.
¿En que consiste esta consagración?
Así como la consagración de un cáliz o de una patena dedica estos objetos al culto divino, sustrayéndolos totalmente a los usos profanos, de la misma manera la consagración al Corazón de Jesús nos dedica total y exclusivamente a El, para amarle intensamente, desagraviarle, consolarle y glorificarle, haciendo que cada
día haya nuevos corazones que le conozcan y le amen, y así se dilate sin cesar el reino de su Corazón.
Consiste, por tanto, esta consagración, en ofrecer al Corazón Sagrado de Jesús nuestra persona (alma y cuerpo), nuestras facultades y cualidades, nuestra actividad toda, para no emplearlas sino en amarle,
desagraviarle y glorificarle, y para que Él disponga y se sirva de ellas conforme a sus sagrados intereses.
Sin consagración podemos, sí, ocuparnos más o menos en honrar y amar al Corazón de Jesús; mas por la consagración profesamos dedicarnos por completo y como por estado al amor, reparación y glorificación del Corazón Divino.
En cambio de esta entrega total, confiamos al Sagrado Corazón de Jesús nuestra persona e intereses todos, para que El cuide de ellos, seguros de que su infinita bondad lo hará mucho mejor que nosotros mismos.
2.- Motivos que deben impulsarnos a tan generosa entrega...
¡Nos ha amado tanto!... ¡Nada ha omitido para mostrarnos ese amor!... ¡Nos dio su sangre y su vida en la cruz!... Se no da a sí mismo con su cuerpo y su sangre, alma y divinidad en la Eucaristía... Por otra parte, ¡se le ofende tanto!... ¡ Y que después fuéramos cortos y limitados con Él!... ¡Además, son tantos los títulos por
los cuales nosotros y todas nuestras cosas le pertenecemos!... ¡ Tan vivas las ansias que Él tiene de encontrar almas que con una consagración o dedicación espacialísima , y cual si fuera la única empresa de su vida, se entreguen a cultivar, fomentar y propagar la devoción a su Corazón ¡... ¡Son tantas las cavilaciones, en los temores, las zozobras que se apoderan de nosotros en vista de nuestro pasado y de nuestro presente, y en previsión del porvenir!...
¡Oh, sí! ¡Se nos impone una consagración entera, perpetua, sincera y confiada al Corazón de Jesús! ...
Con ella saldaremos nuestras deudas, responderemos cumplidamente a los anhelos de Jesucristo, y nos colocaremos en manos del que es providentísimo e infinitamente amante y misericordioso.
Punto 2º. – Nuestra consagración.
Darse todo al Corazón de Jesús, para darle y procurarle todo el amor, honor y gloria que estuviere en nuestra mano. He aquí lo que debe ser nuestra consagración.
I.- Darse todo... a).- El alma con todas sus facultades, memoria, entendimiento, voluntad y la misma libertad abandonándose a sí mismo en manos de Jesucristo.
B).- El cuerpo y cuanto a él se refiere, aceptando como venida de sus divinas manos lo mismo la salud que la enfermedad. C).- las obras buenas. Después del árbol, alma y cuerpo, vienen los frutos, o sea las obras buenas. Todo lo bueno de acción o sufrimiento, hecho o por hacer hasta la muerte; todo acto de virtud o
religión que otras personas ofrecieren por nosotros en vida o en sufragio de nuestra alma: todo queda disposición del Corazón de Jesús, para que de todo disponga como le plazca. D).- Familia, bienes, negocios, oficio, ocupaciones, amistades, etc.
Lo primero, pues, que comprende nuestra consagración es: abandono de sí mismo y de todas sus cosas en manos de Corazón de Jesús, confiándolo todo a su amorosa providencia. Jesús cumplirá su palabra: Cuida tú de mi honra y de mis cosas, que Yo cuidaré de ti y de las tuyas.
2.-... Para darle y procurarle todo el amor, honor y gloria que estuviere en nuestra mano. Aquí se ve que el apostolado no solamente es elemento esencial de la consagración, sino que es el más esencial. Darse todo es la base, la condición, el fundamento. Para darle... es el fin y blanco a que tiende la consagración.
¿Qué medios de apostolado podemos emplear para cumplir este segundo requisito de nuestra consagración? Todos los que estuvieren en nuestra mano, dice Santa Margarita María de Alacoque.
Señalemos algunos:
I.- La oración, pidiendo al Señor que reine de hecho y de verdad.
2.- El sacrificio, ora sea de aceptación de los sufrimientos que a diario nos vienen sin buscarlos, ora sea de imposición voluntaria de penitencias exteriores: ayunos, disciplinas, cilicios, etc., y de mortificaciones inferiores: vencimiento del carácter, deseos, pasiones, gustos, etc.
3.- Actos de virtud, entre los cuales deben ocupar el primer lugar nuestras obligaciones religiosas, familiares y sociales, cumpliéndolas con fidelidad porque reine el Divino Corazón, y así nuestros quehaceres u oficios no nos apartaran de El. Después, otros actos de virtud que no son obligatorios, verbigracia: actos de culto o piedad, obras de misericordia,etc.
4.- Propaganda de palabra o por escrito, repartiendo o recomendado libros, fomentado todo cuanto fuere gloria del Divino Corazón, por ejemplo: cultos, asociaciones, monumentos, etc.
En premio de esta consagración el Sagrado Corazón derramará torrentes de gracias cada vez mayores, enviando copiosas luces a nuestro entendimiento y suaves y eficaces mociones a nuestra voluntad, con las cuales nos dispongamos a las grandes empresas de su mayor gloria.
¿Qué resta? Que cada uno, conforme a los sentimientos que el Señor le ha comunicado en la meditación, haga su consagración total, sincera y confiada, diciéndole: ¡Corazón dulcísimo de Jesús, Rey mío, Rey de bondad y de amor! Quiero ser tuyo por completo y para siempre. Acepto gustosísimo ese pacto que
deseas, tan dulce y tan honroso, de cuidar Tú de mí y yo de Ti. Aquí me tienes a mí y a todo lo mío: ya es tuyo; dispón de ello como quisieres, sin atender para nada a mi gusto o a mi disgusto; que aunque me quites la vida, en Ti esperaré y de Ti me fiaré.
Pide, por fin, a la Virgen, te ayude a cumplir tan santas promesas.
COMPROMISOS:
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